El otorgamiento del Premio
Nóbel de la Paz a Al Gore y a un organismo que
estudia el cambio climático son síntomas de la
creciente preocupación sobre el alcance y las
consecuencias del deterioro ambiental y puede
contribuir a generar más conciencia sobre el tema y
presiones políticas a favor de políticas de
preservación.
El deterioro del medio ambiente no es un fenómeno
contemporáneo. En muchas regiones del planeta, desde
hace siglos, se han producido importantes
destrucciones ambientales por las técnicas de
cultivo, el pastoreo intensivo o la tala de bosques,
que cambiaron las condiciones de producción y de
vida de grandes poblaciones y que, en algunos casos,
han dejado territorios devastados hasta nuestros
días.
Sin embargo, a lo largo del siglo XX este problema
se agudizó por la combinación del aumento en la
población, la expansión en la utilización de
combustibles fósiles y la intensificación de formas
de industrialización y de consumo que no han tenido
ni tienen en cuenta los impactos de esas prácticas
sobre el medio ambiente. Esto ha sucedido y sucede
tanto en países capitalistas como en los llamados
socialistas, en economías desarrolladas y en
atrasadas.
Las comentadas prácticas han provocado una creciente
desertificación de grandes regiones, particularmente
en África, la pérdida de selvas y bosques que tienen
un papel fundamental en la oxigenación del aire y la
contaminación de las aguas.
Una de las consecuencias es la aparición del efecto
invernadero, que provoca el calentamiento de la
atmósfera y que, según estudios cada vez más
amplios, ya está causando alteraciones dañinas en el
clima y en los niveles de los océanos.
En la actualidad, los principales emisores de gases
causantes del calentamiento son los Estados Unidos,
China y otros países industrializados o en acelerado
desarrollo.
Debido a sus características, el fenómeno no puede
ser tratado con políticas locales y requiere medidas
acordadas internacionalmente. Siguiendo este
criterio se han realizado numerosas reuniones
internacionales en busca de acuerdos ambientales,
pero hasta el momento no se ha logrado ningún avance
sustancial.
La más importante de esas iniciativas ha sido la que
tuvo lugar en Japón en 1997, cuando se firmó el
Protocolo de Kyoto, en el ámbito de la Convención
Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio
Climático, por el cual los países industrializados
se comprometieron a reducir sus emisiones
contaminantes.
El Protocolo entró en vigor en 2005 pero tiene un
efecto limitado porque Estados Unidos no lo ratificó
y países emergentes como China, cuya política
provoca un enorme deterioro ambiental, no están
obligados a cumplirlo.
La resistencia de los países a reducir sus emisiones
refleja la priorización de beneficios de corto plazo
y la renuencia a asumir los costos de la
preservación ambiental, sin tener en cuenta que esa
política tiene graves consecuencias para su presente
y su futuro.
En este sentido es alentador que el Comité noruego
haya decidido otorgar el Nóbel de la Paz a Al Gore
por su trabajo de difusión sobre el cambio
climático, y al Panel Intergubernamental sobre
Cambio Climático, que funciona en el ámbito de las
Naciones Unidas, en el cual participan científicos
argentinos.
Es de esperar que esta decisión amplíe la discusión
y la difusión sobre los problemas vinculados con el
deterioro ambiental, porque es la única forma de
crear conciencia ciudadana y de generar presiones
que contribuyan a formar compromisos para la
preservación del espacio común.
El Premio Nóbel de la Paz a Al Gore y al Panel
Intergubernamental sobre Cambio Climático puede
contribuir a generar mayor conciencia ambiental. El
deterioro del medio ambiente está causando cambios
dañinos en el clima. Los países que se resisten a
aplicar políticas preservacionistas generan
consecuencias sobre el mundo y, por lo tanto, sobre
ellos mismos.