16 de octubre de 2007

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Al Gore

 

El otorgamiento del Premio Nóbel de la Paz a Al Gore y a un organismo que estudia el cambio climático son síntomas de la creciente preocupación sobre el alcance y las consecuencias del deterioro ambiental y puede contribuir a generar más conciencia sobre el tema y presiones políticas a favor de políticas de preservación.


El deterioro del medio ambiente no es un fenómeno contemporáneo. En muchas regiones del planeta, desde hace siglos, se han producido importantes destrucciones ambientales por las técnicas de cultivo, el pastoreo intensivo o la tala de bosques, que cambiaron las condiciones de producción y de vida de grandes poblaciones y que, en algunos casos, han dejado territorios devastados hasta nuestros días.


Sin embargo, a lo largo del siglo XX este problema se agudizó por la combinación del aumento en la población, la expansión en la utilización de combustibles fósiles y la intensificación de formas de industrialización y de consumo que no han tenido ni tienen en cuenta los impactos de esas prácticas sobre el medio ambiente. Esto ha sucedido y sucede tanto en países capitalistas como en los llamados socialistas, en economías desarrolladas y en atrasadas.


Las comentadas prácticas han provocado una creciente desertificación de grandes regiones, particularmente en África, la pérdida de selvas y bosques que tienen un papel fundamental en la oxigenación del aire y la contaminación de las aguas.


Una de las consecuencias es la aparición del efecto invernadero, que provoca el calentamiento de la atmósfera y que, según estudios cada vez más amplios, ya está causando alteraciones dañinas en el clima y en los niveles de los océanos.


En la actualidad, los principales emisores de gases causantes del calentamiento son los Estados Unidos, China y otros países industrializados o en acelerado desarrollo.


Debido a sus características, el fenómeno no puede ser tratado con políticas locales y requiere medidas acordadas internacionalmente. Siguiendo este criterio se han realizado numerosas reuniones internacionales en busca de acuerdos ambientales, pero hasta el momento no se ha logrado ningún avance sustancial.


La más importante de esas iniciativas ha sido la que tuvo lugar en Japón en 1997, cuando se firmó el Protocolo de Kyoto, en el ámbito de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, por el cual los países industrializados se comprometieron a reducir sus emisiones contaminantes.


El Protocolo entró en vigor en 2005 pero tiene un efecto limitado porque Estados Unidos no lo ratificó y países emergentes como China, cuya política provoca un enorme deterioro ambiental, no están obligados a cumplirlo.


La resistencia de los países a reducir sus emisiones refleja la priorización de beneficios de corto plazo y la renuencia a asumir los costos de la preservación ambiental, sin tener en cuenta que esa política tiene graves consecuencias para su presente y su futuro.


En este sentido es alentador que el Comité noruego haya decidido otorgar el Nóbel de la Paz a Al Gore por su trabajo de difusión sobre el cambio climático, y al Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, que funciona en el ámbito de las Naciones Unidas, en el cual participan científicos argentinos.


Es de esperar que esta decisión amplíe la discusión y la difusión sobre los problemas vinculados con el deterioro ambiental, porque es la única forma de crear conciencia ciudadana y de generar presiones que contribuyan a formar compromisos para la preservación del espacio común.


El Premio Nóbel de la Paz a Al Gore y al Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático puede contribuir a generar mayor conciencia ambiental. El deterioro del medio ambiente está causando cambios dañinos en el clima. Los países que se resisten a aplicar políticas preservacionistas generan consecuencias sobre el mundo y, por lo tanto, sobre ellos mismos.

 

 

 

 
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