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China:
Los costos
sociales del "comunismo de mercado"
La reforma
política en China
Xi Jinping
se perfila como sucesor
Debate por
los costos del modelo
Comienza un
segundo ciclo político
Los costos
sociales del "comunismo de mercado"
La reforma política en China
China
seguirá adelante con su reforma política y hará
frente a las crecientes presiones sociales, pero
sólo con el Partido Comunista Chino (PCCh)
firmemente a cargo, dijo hoy el presidente Hu Jintao
en la inauguración de la reunión quinquenal del
partido, en la cual también hizo un llamado a apoyar
su "concepto científico de desarrollo" e hizo un
exhorto para llegar a "un acuerdo de paz" con
Taiwán.
"Debemos conservar el papel del partido como el
centro de liderazgo que dirige la situación
general", señaló Hu en un discurso ante más de 2,200
delegados.
El 17
Congreso consagrará los lemas de Hu y nombrará a los
posibles sucesores en una muestra de unidad del
partido que gobierna a más de 1,300 millones de
personas y a la cuarta mayor economía del mundo.
"Castigar con resolución y prevenir con efectividad
la corrupción influye en el respaldo popular para el
partido y en su misma sobrevivencia, y es por lo
tanto una importante tarea política de la que el
partido debe ocuparse todo el tiempo", enfatizó el
presidente. Desde que sucedió a Jiang Zemin como
jefe del PCCh en 2002, Hu ha promovido una "sociedad
armónica".
Ese
lema y "la perspectiva científica del desarrollo" de
Hu, que busca balancear crecimiento con
sustentabilidad ambiental, quedarán escritos en los
documentos del partido, lo que constituye una
victoria para el presidente en un país donde con
frecuencia ocurren crisis ambientales por lluvias y
explotación minera.
En su
discurso de más de dos horas ante un auditorio que
en el fondo tuvo el símbolo de la hoz y el martillo,
Hu indicó que continuará buscando el camino de un
mayor crecimiento equilibrado.
"Aplicaremos el sistema de responsabilidad para
conservar energía y reducir las emisiones. Nuestro
crecimiento económico se concretó a un costo
excesivamente alto de recursos y para el medio
ambiente", agregó.
"El
pronóstico científico de desarrollo coloca el
desarrollo como esencia, poniendo a la gente en su
centro, y un desarrollo que sea equilibrado y
sustentable en la base de su requerimiento", declaró
Hu.
China
conseguirá cuadruplicar para 2020 el PIB registrado
en 2000, según Hu, quien señaló que al alcanzar ese
objetivo la nación habrá logrado edificar de forma
integral una sociedad modestamente acomodada. Esta
meta fue trazada por la anterior cita quinquenal de
los comunistas chinos, celebrada en 2002.
El
PCCh plantea acelerar el desarrollo de actividades
de utilidad social para mejorar la vida del pueblo
en todos los aspectos y elevar el número de puestos
de trabajo; se compromete también a dejar
establecido un sistema de seguridad social con
cobertura para la población urbana y rural con el
fin de garantizar la manutención básica.
También otras de las metas es lograr una
distribución racional y ordenada de los ingresos, de
manera tal que las personas de renta media
representen la mayoría y la pobreza absoluta sea
eliminada en lo fundamental.
Asimismo, Hu hizo un "llamado solemne" a los líderes
de Taiwán para "discutir un fin formal al estado de
hostilidad entre las dos partes" y llegar a un
acuerdo de paz.
Asumiendo una línea más suave que Zemin durante el
anterior congreso en 2002, no profirió la
acostumbrada amenaza del uso de la fuerza en caso de
que Taiwán deje estancadas las conversaciones o
declare formalmente la independencia.
Sin
embargo, dijo que "las fuerzas independentistas"
están aumentando sus actividades separatistas y
amenazan seriamente "el desarrollo pacífico de las
relaciones" entre las partes.
Taiwán, por su parte, replicó que es China la que
amenaza la paz bilateral: "No hablaremos nunca con
un régimen que reprime al Tíbet, que mata a su
propia gente y apoya al gobierno militar de
Myanmar", declaró el vocero del gobierno taiwanés,
Shieh Jhy Wey.
De su
lado, Estados Unidos acogió favorablemente el
llamado mediante una declaración hecha por uno de
los portavoces de la Casa Blanca, que la calificó
como un paso en la "dirección correcta".
El
congreso del PCCh, debe además elevar al buró
político a una nueva generación de dirigentes que
puedan asumir el timón del país a partir de 2012,
cuando Hu Jintao deje su cargo.
El
secreto en torno a quién ocupará los altos puestos
desató el debate de hasta qué punto Hu Jintao es hoy
influyente en China, a cinco años de haber asumido
la presidencia.
Informes no confirmados aparecidos en medios
extranjeros señalaban que el político, de 64 años,
no podrá colocar en la poderosa Comisión Permanente
a tantos aliados como habría deseado, ni siquiera a
su candidato para la sucesión, el jefe de partido de
Liaoning, Li Keqiang, de 52 años. Todo apunta a que
será ascendido, pero sólo a candidato para ocupar el
puesto de primer ministro.
Xi Jinping se perfila como sucesor
Se
considera, sin embargo, que otro político tiene
muchas más posibilidades para suceder a Hu: se trata
del nuevo jefe de partido de Shanghai, Xi Jinping,
de 54 años, al parecer aceptado por todas las
facciones.
Su
predecesor, el ex miembro del buró político, Chen
Liangyu, fue depuesto en medio de un escándalo de
corrupción que empañó a varios militantes.
Según
informaciones no confirmadas, Chen será ascendido al
noveno puesto de la Comisión Permanente y nombrado
vicepresidente en marzo. El vicepresidente actual,
Zeng Qinghong, no se ha retirado, a pesar de que con
68 años ya debería haberlo hecho. Después del jefe
de Estado y partido, nadie tiene tanta influencia
como él, considerado un estrecho confidente del ex
presidente Jiang Zemin.
El
PCCh fue fundado en 1921 y desde 1949, año en que se
instauró la República Popular China, es el único
partido del país. Su potestad de liderazgo absoluta
está recogida en la Constitución.
En su
calidad de soberano de la nación, el partido se
sitúa en la práctica por encima de la Carta Magna y
del pueblo.
El
Congreso del PCCh da su aprobación a los cambios en
la dirección ideológica del instituto político que
llevan tiempo desarrollándose y elige al Comité
Central, la más alta autoridad dentro del partido,
que se reúne una vez al año.
Debate por los costos del modelo
Oscar Raúl Cardoso
Clarín
Todo
sugiere que ha llegado en China -tercera potencia
económica global- la hora de la "armonía social",
parte central de la teoría del "desarrollo
científico". Ambos principios fueron acuñados por el
presidente y titular del Partido Comunista Chino (PCCh),
Hu Jintao, y desde los próximos días se sumarán a la
Constitución partidaria, igual que muchas de las
ideas que constituyen el legado de Mao Ze Dong.
Hu -quien ayer
inauguró en Beijing el 17ø Congreso del PCCh, gran
mojón político quinquenal- aparece con esta decisión
del Comité Central destinado no sólo a gobernar
otros cinco años sino a ver sumado su nombre a la
lista de los grandes líderes ideológicos que se
inicia con Karl Marx y Lenin y se prolonga con Mao,
Deng Xiaoping y Jiang Zemin. Como en los tres casos
precedentes, esta forma de ser elevado al Olimpo
constitucional supone también asegurarse mayor
control político y respaldo para las
políticas concretas.
¿Toca así Hu su cielo personal con las manos? Su
próximo período está asegurado y las condiciones
parecen ser mejores que las del anterior, quizá
porque la elección de un nuevo Comité Central le
permitirá reducir la influencia que aún conserva su
predecesor, el octogenario Jiang Zemin, desde un
retiro parcial. Pero tampoco conviene, como se verá
enseguida, llegar a conclusiones simplistas.
Primero conviene recordar, de modo sucinto, que son
ambos latiguillos. La "armonía social" es la visión
que imagina una China sin asimetrías tan
profundas entre regiones y sectores sociales,
particularmente entre los de las grandes ciudades
-que concentran el grueso de los frutos del
crecimiento chino- y una población rural aún
mayoritaria (60%) a la que el milagro económico
puesto en marcha en 1989 parece haber dejado atrás.
El
"desarrollo científico" traduce la convicción de Hu
y los suyos de que es posible mantener las tasas de
crecimiento que transformaron a China, en especial a
partir de este año, en el más reciente de los
grandes milagros económicos de la historia y
a la vez reducir todos los efectos depredadores que
siempre conlleva ese éxito. Las asimetrías sociales
son apenas una parte del problema; el daño ecológico
que es parte del precio del crecimiento es la otra
prioridad que debatirán esta semana los más de 2.000
delegados que participan del congreso.
Además Hu quiere relanzar la lucha contra la
corrupción y generar un mayor grado de participación
democrática, aunque en esto último la advertencia de
que "no se deberá perturbar el liderazgo del PCC"
hace que las esperanzas de un cambio significativo
sean mínimas.
Todo sugiere que las polémicas sobre los costos
sociales, del medio ambiente y de los privilegios
del partido no están agotadas. Hu quería en esta
oportunidad consagrar como miembro del sexteto más
importante en la estructura de mando partidaria a
quien podría ser su sucesor en el 2012, Li Kegiang,
un dirigente provincial. Pero quizá se vea forzado a
otorgar el mismo espacio a Xi Jingping, hombre que
gobierna hoy Shanghai, al que se identifica como
cercano a Jiang Zemin, iniciando una competencia por
el futuro liderazgo.
Está visto que en China ni el rango constitucional
concede de modo automático el paraíso.
Comienza un segundo ciclo político
Sergio Cesarin
Clarín
La evolución
de China será materia de análisis internacional a
partir del XVII Congreso del Partido Comunista que
se inicia hoy en Beijing. Las especulaciones
enuncian el comienzo de un segundo ciclo político
liderado por el presidente Hu Jintao, durante el
cual algunos de los errores cometidos durante su
primer período tratarán de ser enmendados habida
cuenta de los escasos logros alcanzados.
En primer lugar, las expectativas del presidente Hu
pasan por desacelerar el crecimiento económico; algo
realmente difícil, dados el aumento en el consumo
interno, la inversión en activos fijos, las
perspectivas de consumo abiertas por los Juegos
Olímpicos, mejoras sostenidas del ingreso en las
ciudades y la recepción de inversión extranjera
aplicada a la producción interna de bienes y
servicios.
En segundo lugar, su gobierno no ha mostrado claros
avances en la lucha contra la corrupción, tal vez su
asignatura pendiente más importante. Líderes
locales, provinciales y municipales así como
funcionarios del gobierno central (miembros de su
gabinete) han cometido actos de corrupción mediante
el desvío de fondos de pensión (Shanghai),
descontrol sanitario (exportación de medicamentos
contaminados) e incluso omisión en el cuidado de
bienes públicos esenciales como el agua, permitiendo
derrames contaminantes que ocasionaron daños
irreparables a los pobladores ribereños. Todas estas
son situaciones que han exacerbado las pujas entre
diferentes facciones internas —no nuevas sino
renovadas— del Partido Comunista Chino. Me refiero a
conservadores confucianos en posible alianza con la
"nueva izquierda" que reivindican un modelo de
crecimiento más equilibrado y mejor distribución del
ingreso, frente a los aperturistas a ultranza o
libremercadistas, remanentes cuadros de la
tecnocracia noventista que rigió los destinos del
país.
Lo interesante del escenario es que recrea de manera
análoga los temas y debates que cruzan a las
dirigencias políticas latinoamericanas, definen la
oferta política de los principales partidos y
determinan la plataforma electoral en las
democracias de la región.
En primer lugar, redistribucionismo; el proceso de
acumulación es exitoso, pero asimétrico en la
distribución de beneficios en una sociedad cada vez
menos tolerante a la desigualdad de ingresos. En
segundo lugar, eficiente intervención estatal,
aplicada a mejorar las condiciones de salud pública,
moderar desajustes de mercado e imponer prácticas
corporativas transparentes. En tercer lugar,
institucionalidad y garantías individuales junto con
efectiva penalización de la corrupción mediante la
acción disciplinante de un poder judicial
independiente.
En la clase dirigente china prima la percepción de
que el país puede sostener altas tasas de
crecimiento no necesariamente compatibles con las
metas sobre desarrollo —previstas en el nacimiento
de las reformas— a mediados del siglo XXI. Por lo
tanto, los riesgos macro y micro económicos que
condicionen la estabilidad interna deben ser
minimizados para garantizar la paz social. Similares
desafíos parece enfrentar América Latina.
Los costos sociales del "comunismo
de mercado"
Oscar Raúl Cardoso
Clarín
El actual mandamás Hu Jintao
es titular del Partido Comunista Chino (PCCh) y
presidente de la República, eligió una terna de
temas considerados estratégicos para el 17ø congreso
quinquenal partidario que, en ese país, es la máxima
expresión de la política colectiva, aunque siempre
dentro de los rígidos moldes de un sistema que desde
los 80 se ha vuelto heterodoxo en lo económico pero
que sigue estando acorazado en materia de control
social.
El congreso se iniciará este lunes y participarán
del mismo más de 2.000 delegados, casi todos ellos
con la dedocracia partidaria como única legitimidad
real.
Entre esas consignas de debate que impulsó Hu,
figura una dedicada a instigar el debate sobre la
creciente desigualdad social que se genera entre los
1,300 millones de habitantes de una de las
principales potencias económicas del planeta,
especialmente entre los habitantes de las grandes
ciudades y la población rural que aún cuenta como el
60% de la demografía nacional.
Y parece que Hu hizo esta elección cuando queda poco
tiempo para que las asimetrías nacionales devengan
—coinciden en predecir muchos intelectuales chinos y
sinólogos occidentales— en alteraciones importantes
de la paz social; precisamente de la clase de las
que el PCCh —una estructura obsesionada hoy con su
propia supervivencia más que con otra cosa— huye
como de las maldiciones.
Las cifras son necesarias para entender este
potencial para el conflicto. De lo que se habla es
de no menos de 700 millones de personas sumergidos
en la pobreza, con ingresos diarios —unos seis yuan—
considerados menos que una pitanza económica si se
los compara con los de las ciudades de la costa.
Hay varias razones para haber llegado a este punto:
la globalización tuvo en China el mismo efecto que
en el resto del planeta —sus beneficios tienden a ir
casi exclusivamente a los más ricos sin producir el
"derrame" social que sus partidarios predijeron—, el
control partidario de todo el proceso ha dejado
abierto al sistema a la acción predatoria de la
corrupción y el surgimiento de nuevas industrias y
servicios ha hecho que la producción agrícola haya
caído del 29 por ciento al 12 por ciento del PBI en
poco más de una década.
Hay otros motivos menos visibles. Desde 1989 —año de
la protesta conjunta de estudiantes y trabajadores
que terminó en un baño de sangre en la Plaza
Tiananmen— el PCCh ha prestado mucha más atención a
la población urbana, que es más rápida y eficaz en
organizar protestas y llamar la atención oficial
sobre los problemas, que a la rural cuya capacidad
organizativa es mucho menor, cuando existe.
Hay anualmente, aseguran los observadores,
centenares de manifestaciones de descontento rural
—algunas violentas— en el territorio chino pero que
son desactivadas mucho antes que puedan conectar
entre sí u organizarse más allá de la villa.
En los años más recientes éstas han tenido que ver
con la ausencia de un sistema viable de salud, con
la impotencia de los campesinos que están vedados de
poseer la tierra que trabajan —no pueden emplearla
siquiera como garantía de asistencia crediticia— y
sobre todo con la corrupción de los funcionarios,
que muchas veces los privan de las parcelas para
realizar negocios de desarrollo inmobiliario de
distinto tipo con especuladores que no pertenecen a
la región. No en vano la corrupción es otro de los
temas elegidos por Hu para el congreso, junto con el
avance de la democratización interpartidaria.
Así las cosas, el país que —sobre todo desde su
ingreso en 2001 a la Organización Mundial de
Comercio— se ha transformado en una de las grandes
turbinas económicas del mundo, que ha acumulado
reservas por más de un billón de dólares (entre
ellas buena parte de la deuda soberana de Estados
Unidos) y que está construyendo el tercer edificio
más alto del planeta para alojar al Centro
Financiero de Shanghai, no puede garantizar la
entrega de salud, ni rescatar de la pobreza a la
mayoría de la población. Los residentes urbanos han
sido beneficiados hace poco con una ley que
instituye el derecho a la propiedad privada, otro
contraste.
Una revisión de testimonios de la población rural
ayuda a entender cómo éstos añoran los tiempos de
los "médicos descalzos" que recorrían las comarcas,
un programa que era hijo de la imaginación de Mao
Tsetung y que en su momento fuera ridiculizado en
Occidente. Aquello, al menos, ofrecía cierta
cobertura popular.
No es que Hu y los suyos no hayan hecho nada. Hay un
sistema de seguro de salud de bajo costo —que
garantiza atención médica gratuita a los indigentes—
y con la abolición, por primera vez en la historia
de China, de los impuestos sobre la producción
agropecuaria las estadísticas muestran que el
ingreso rural tiende a una recuperación. Sin
embargo, el olvido ha sido tan largo y el problema
es tan grande que nada surte el efecto deseado. Este
año dos peticiones especiales han sido elevadas al
Congreso: una de ellas, con más de 12.000 firmas,
proveniente de organizaciones rurales que reclama la
solución de los problemas del sector. Hay dudas de
si esto es un gesto original o bien uno que el
propio gobierno ha alentado en forma tal de
anticiparse a cualquier protesta genuina.
En cualquier caso, lo cierto es que el Partido
Comunista Chino no podrá seguir haciendo a un lado
la temática. Las inminentes Olimpíadas están
poniendo a China en un escaparate que hará mucho más
visibles sus éxitos y falencias.
Y cabe preguntarse: ¿es posible que las mismas
fuerzas históricas —el campesinado— que lo crearon
se vuelvan ahora en contra del PCCh y su hegemonía?
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