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Las nuevas formas de hacer espionaje
Economist Intelligence Unit
Antes era fácil saber si
estaba uno en un país libre o en una dictadura. En un Estado
policial al viejo estilo, los soplones están por todas partes,
ya sea en persona o en una red de informantes que penetra
oficinas, comunidades y familias. Señalan lo que pueden sobre
nuestras opiniones políticas y debilidades personales, si
tenemos el poco cuidado de expresarlas en público. Lo que no
oyen en el café o la cantina lo conocen leyendo nuestras cartas
o interviniendo nuestro teléfono. Luego, la información recabada
se almacena en millones de papelitos amarillos, escritos a
máquina o a mano; desde el punto de vista de un dictador al
viejo estilo, el acceso exclusivo a estos archivos es un
instrumento tan poderoso como cualquier cámara de tortura. Sólo
cuando el régimen cae, los archivos se destruyen o se abren, y
entonces las personas pueden ver quién de sus amigos era
informante.
En la actualidad, la
información sobre ubicación, compras, comportamiento y vida
privada de las personas se recopila, almacena y comparte en una
magnitud que ningún dictador de la vieja escuela pensó posible
alguna vez. Los gobiernos sostienen que tienen que recabar esta
información para luchar contra el terrorismo o proteger la salud
pública; las corporaciones dicen que lo hacen para proporcionar
mercancías y servicios de manera más eficiente. Pero la
facilidad para obtener esta clase de información y procesarla –y
sobre todo, su aceptación por el público– es algo asombroso si
se compara con hace una década. Y tampoco se limita a una región
o a un sistema político.
En China, millones de
ciudadanos están siendo obligados a obtener tarjetas "de
residencia" de alta tecnología. Estas tarjetas contienen datos
de identidad étnica, religión, estudios realizados, antecedentes
penales e, incluso, historia reproductiva; refinamiento propio
de los documentos de identidad de los regímenes comunistas.
Gran Bretaña solía estar
orgullosa de respetar más la privacidad que otras democracias.
Pero en cuanto a las cámaras de vigilancia se refiere, los
británicos no objetan demasiado. Estas cámaras de vigilancia
"parlantes", equipadas con altavoces, permiten a sus operadores
humanos dar una reprimenda a quienes son sorprendidos tirando
basura, orinando contra una pared o en otro comportamiento
"antisocial".
Una tecnología aún más
inteligente –diseñada para enfrentar las guerras del siglo XXI–
se usa ya en la lucha contra delitos tanto graves como menores.
En Gran Bretaña, Italia y Estados Unidos, la policía experimenta
con aviones abejorros en miniatura a control remoto, equipados
con cámaras de video y visión infrarroja nocturna, para detectar
comportamientos "sospechosos" en muchedumbres. De menor peso que
una bolsa de azúcar y tan silencioso que no puede ser oído
cuando está a 50 metros del suelo, el UAV (vehículo aéreo no
tripulado, por sus siglas en inglés) puede volar incluso sin que
se vea, en virtud de las imágenes que envía a un operador de
campo equipado con lentes especiales. MW Power, la empresa que
distribuye la tecnología en Gran Bretaña, tiene planes para
añadir un aerosol de "agua inteligente" que se lanzaría a chorro
sobre los sospechosos, impregnado su piel y ropa con marcas
genéticas, lo que permitiría a la policía identificarlos más
tarde.
Casi siempre, los beneficios
de la tecnología electrónica y la evidente necesidad de combatir
a los delincuentes parecen pesar más que cualquier preocupación
sobre su uso. Ésta es una situación reciente. A finales de los
años 90 era común escuchar que la derecha religiosa
estadounidense lanzaba advertencias oscuras sobre la utilización
de códigos de barras electrónicos en el comercio: ¿acaso no
evocaban la "marca de la bestia", sin la cual "ningún hombre
podría comprar o vender", profetizada en el Apocalipsis? Pero
los tecnófobos de hoy, religiosos o no, se han acostumbrado a
dispositivos aún más atemorizantes.
Por ejemplo, los microchips de
identificación de radiofrecuencia (RFID, por sus siglas en
inglés) que se han usado tanto tiempo para rastrear mercancías e
identificar animales domésticos, se implantan cada vez más en
seres humanos. Se utilizan para que los trabajadores sociales
estadounidenses sigan la pista de ancianos; para que los
empleados tengan acceso a áreas de alta seguridad (en México y
Ohio), e incluso para proporcionar a los dueños de clubes
nocturnos la posibilidad de evitar colas a la entrada y
prescindir de efectivo en la barra (en España y los Países
Bajos). Algunas personas desean que a todos se les implante un
RFID, en respuesta al robo de identidad.
Como nunca, en el mundo rico y
no tan rico se utilizan dispositivos electrónicos para vigilar a
ciudadanos ordinarios. Cámaras de circuito cerrado de televisión
(Cctv) con visión infrarroja nocturna, observan detenidamente a
los ciudadanos desde las esquinas de calles, bancos, aeropuertos
y centros comerciales. Cada vez que alguien teclea una página
web, hace una llamada telefónica, usa una tarjeta de crédito
o marca su entrada al trabajo con una tarjeta de microchip, deja
un rastro de información que puede seguirse más tarde. Todos los
días, miles de millones de bits de información personal se
almacenan, examinan, analizan y cruzan con otros datos y, en
muchos casos, se usan para construir perfiles que predicen
comportamientos. A veces esta información es acumulada por los
gobiernos; la mayoría la recaban las empresas, aunque en muchos
casos se les obliga a ponerla a disposición de las agencias
policiales y otros cuerpos estatales.
Siga la información
Entre más información se recabe y
almacene, mayor es la probabilidad de "extracción de datos": la
utilización de fórmulas matemáticas en el análisis de grandes
conjuntos de datos para descubrir pautas y predecir
comportamientos. Si el público de los países ricos tenía ciertas
inquietudes sobre la legitimidad de este proceso, la mayor parte
se evaporaron luego del 11 de septiembre de 2001, cuando muchos
aceptaron que contra un enemigo mortal, integrado en una red
mundial, toda estratagema era necesaria. Técnicas para procesar
información personal que podrían haber provocado críticas antes
de 2001 de repente parecieron indispensables.
Dos días después de los
ataques a Nueva York y Washington, Frank Asher, ex
narcotraficante que cambió al negocio de tecnología, decidió
examinar la información recabada sobre 450 millones de personas
por Seisint, su empresa privada de servicios de información,
para ver si podía identificar a posibles terroristas. Después de
asignar a cada persona puntos de riesgo con base en el nombre,
religión, historial de viajes, preferencias de lectura,
etcétera, obtuvo una lista de mil 200 "sospechosos", que entregó
a la Oficina Federal de Investigación (FBI, por sus siglas en
inglés). Sin que él lo supiera, cinco de los secuestradores
terroristas estaban en su lista.
La FBI quedó impresionada.
Renombrado Matrix (Multistate Antiterrorism Information
Exchange, Intercambio de Información Antiterrorista entre
Estados), el programa de Asher, ahora controlado por la FBI,
pronto tendría acceso a 20 mil millones de bits de información,
recabada, clasificada y analizada para predecir quién podría
convertirse alguna vez en terrorista. Una nueva versión,
denominada Sistema para Evaluar el Riesgo, o STAR por sus siglas
en inglés, usa la información extraída de bases de datos
privadas y públicas. Como la mayor parte de la información ya ha
sido revelada a terceros –boletos de avión, expedientes
laborales, alquiler de coches y similares– no está protegida por
la Cuarta Enmienda de la Constitución estadounidense, así que no
se requiere autorización judicial.
En una era en que los
gobiernos están empeñados en frustrar posibles ataques,
construir perfiles se ha convertido en un instrumento favorito.
Pero aunque puede predecir el comportamiento de grandes grupos,
esta técnica es "increíblemente inexacta" cuando se refiere a
individuos, dice Simon Wessely, profesor de siquiatría en el
King’s College, de Londres. Bruce Schneier, gurú estadunidense
de la seguridad, está de acuerdo. La extracción de enormes
cantidades de datos para construir modelos de comportamiento
bien establecidos, como el fraude con tarjeta de crédito,
funciona muy bien, dice. Pero es "extraordinariamente incierto"
cuando sondea conjuras terroristas, que son poco comunes y raras
veces tienen un perfil definido.
Por ejemplo, Schneier señala
el Sistema de Señalamiento Automatizado operado por los sistemas
estadounidenses de aduanas y protección fronteriza, que asigna
puntos de evaluación de riesgo terrorista a cualquiera que entre
o salga de Estados Unidos. En 2005 se procesó información de
unos 431 millones de personas. Suponiendo, de manera poco
realista, que un modelo preciso sea capaz de identificar
terroristas (y personas inocentes) con una exactitud de 99.9%,
esto se traduce en más o menos 431 mil falsas alarmas por año,
las cuales, obviamente, requirieron investigación. Considerando
la falta de credibilidad de la información sobre los pasajeros,
el número real es, con toda probabilidad, mucho más alto.
A los individuos enlistados
por los sistemas de perfiles terroristas no se les permite
conocer sus puntos u objetar los datos, pese a que sus perfiles,
que pueden compartirse con gobiernos federales, estatales y aun
extranjeros, pueden dañar sus posibilidades de conseguir empleos
en el gobierno, becas estudiantiles, contratos públicos o visas.
Podrían incluso impedir que vuelen de nuevo. Esos errores son
frecuentes, como el inconfundible senador Ted Kennedy lo
descubrió por sí mismo. Durante 2004, en sólo un mes, cinco
veces se le impidió tomar un vuelo porque el nombre "T Kennedy"
había sido usado por alguien señalado como sospechoso de ser
terrorista, en una lista secreta de "impedido para volar".
Vigilando a todo el mundo
Otra preocupación: antes, la
información sobre personas solía recopilarse de manera selectiva
(por ejemplo, seguir el coche de algún sujeto); ahora se reúne
de forma indiscriminada. El mayo rejemplo de esa vigilancia
universal es el extenso uso de cámaras de circuito cerrado. Con
cerca de 5 millones de cámaras colocadas en lugares públicos,
Inglaterra y Gales se encuentran entre los países más
estrechamente vigilados del mundo, junto con Estados Unidos,
país que cuenta con unos 30 millones de cámaras de vigilancia,
una por cada 10 habitantes. Cada ciudadano inglés puede esperar
aparecer ante una cámara un promedio de 300 veces al día. A
pocos parece importarles esta situación, a pesar de que las
investigaciones sugieren que las cámaras hacen muy poco para
disminuir el total de delitos.
De cualquier forma, el
movimiento británico "No a la Identificación" (NO2ID, por sus
siglas en inglés), que pugna por detener los planes del gobierno
de implantar el uso de tarjetas de identidad, afirma que las
cámaras son un asunto de menor importancia frente a la creación
de un "Estado apoyado por bases de datos", en el cual los
archivos personales de cada ciudadano quedan en un registro y
tienen un acceso demasiado fácil.
Junto con las huellas
digitales, el ácido desoxirribonucleico (ADN) se ha convertido
en una herramienta cada vez más popular para detectar la
presencia terrorista y resolver delitos. En esto también Gran
Bretaña es líder mundial, con una colección de muestras de ADN
en su base de datos, creada en 1995, de 4.1 millones de
individuos, es decir, 7% de la población. (La mayor parte de los
otros países de Europa no tiene más de 100 mil perfiles de ADN
en su base de datos). La británica incluye muestras de uno de
cada tres hombres negros y cerca de 900 mil jóvenes entre 10 y
17 años de edad, todos marcados de por vida como delincuentes
probables, debido a que la inclusión de sus datos indica que han
tenido algún rozón con la ley. Esto se debe a que en Gran
Bretaña se pide el ADN a cualquiera que sea arrestado por una
falta "archivable", por lo general, alguna que conlleve una
sentencia de reclusión, pero también incluye pecadillos como una
borrachera y el escándalo en la vía pública. La muestra se
guarda de por vida, aun si la persona nunca es consignada o es
perdonada más adelante. Ninguna otra democracia hace esto.
En Estados Unidos, el banco de
datos federal de ADN guarda 4.6 millones de perfiles, que
representan 1.5% de la población. Pero casi todos son de
delincuentes sentenciados. Desde enero de 2006, la FBI ha
permitido que se tomen muestras de ADN a la hora del arresto,
pero se pueden eliminar, a petición del inculpado, si no es
consignado o se le absuelve. En Gran Bretaña, donde los
ciudadanos no pueden pedir que se borren sus muestras de la base
de datos, se ha propuesto que la mejor manera de evitar la
discriminación es incluir a toda la población, así como el ADN
de cuanta persona visite el país. Aunque dicha propuesta parece
justa, resultaría demasiado costosa y se tornaría una pesadilla
administrativa.
En la cultura popular, el uso
del ADN se ha convertido en un asunto glamoroso. Los periódicos
y la televisión cuentan cómo los policías usan el ADN para
localizar secuestradores o exculpar a reos condenados a muerte.
De acuerdo con una encuesta que la BBC realizó en su serie
Panorama, dos de cada tres británicos apoyarían una nueva
ley que exigiera a todo ciudadano dar una muestra de ADN para la
base de datos. Pero el ADN es menos confiable como herramienta
de detección criminal de lo que la mayoría de la gente cree.
Aunque casi nunca provee una lectura de un falso "negativo",
puede producir, en cambio, falsos "positivos". El profesor Allan
Jamieson, director del Instituto Forense de Glasgow, cree que se
ha puesto demasiada fe en esta técnica. Jamieson afirma que una
persona puede transferir su ADN a un lugar, o a una arma que él
o ella nunca han visto o tocado.
El espionaje telefónico es fácil
Más perturbador resulta para la mayoría
de estadunidenses los inmensos poderes que el gobierno se ha
dado en los seis años pasados para espiar a los ciudadanos.
Conforme a la Ley Patriótica, elaborada a la carrera tras los
ataques de 2001, los servicios de inteligencia y la FBI pueden
obligar ahora a terceras partes –proveedores de Internet,
bibliotecas, compañías telefónicas y partidos políticos, entre
otros–, a entregar información de cualquier persona sin orden
judicial ni conocimiento del afectado, siempre y cuando las
instituciones digan que la información se necesita para una
"investigación autorizada" en conexión con el terrorismo
internacional. (A principios de octubre, un tribunal federal de
Nueva York consideró que esto es inconstitucional.)
De la misma manera, la casa o
la oficina de una persona pueden ser registradas sin su
conocimiento o sin orden previa. La ley también extendió la
facultad del gobierno para interceptar correos electrónicos
privados, así como llamadas telefónicas, aunque para esto último
supuestamente todavía se requiere la orden de un juez. Pero so
pretexto de su función de comandante en jefe en tiempos de
guerra, George W. Bush decidió pasar por alto este requerimiento
e implantó su propio programa de espionaje sin orden judicial.
El clamor que se dejó escuchar
tras esta revelación fue ensordecedor, y el programa abortó.
Pero en agosto, Bush aprobó una enmienda a la Ley de Vigilancia
de la Inteligencia Extranjera, de 1978, la cual permitía
interceptar sin orden judicial llamadas telefónicas y correos
electrónicos si había una creencia "razonable" de que al menos
alguna de las partes se hallaba fuera del país. Así que los
estadounidenses comunes continuarán siendo espiados sin
necesidad de órdenes, pero ya nadie protesta, porque ahora es
legal.
¿Dónde está la orden?
De acuerdo con los defensores del
espionaje sin permiso, expedir órdenes para toda la vigilancia
que debe ejercer el gobierno limitaría de forma dramática el
flujo disponible de datos de inteligencia. Argumentan que la
privacidad no debe ser prioritaria. Pero, ¿en verdad se
impediría la actuación de la ley si un juez emite una orden cada
vez que se necesite? Abogados afirman que la tecnología ha
convertido el espionaje en algo demasiado fácil, así que
requerir las órdenes ayudaría a restablecer el equilibrio.
Gran Bretaña ha permitido por
mucho tiempo el espionaje de sus ciudadanos sin orden judicial
(sólo se requiere la autorización de la secretaria del
despacho), y a pocas personas parece importarles. Lo que les
preocupa es el volumen de información que se guarda de cada uno
y el grado en que se ha vuelto accesible a un grupo todavía más
grande de individuos y agencias. El gobierno desarrolla
actualmente la primera base de datos del mundo que contendrá la
información de cada menor de 18 años. La base de datos del
Servicio de Salud Nacional, el mayor de su clase en Europa,
contendrá los expedientes médicos de los 53 millones de personas
que viven en Gran Bretaña y Gales.
Aún más discutible resulta el
Registro Británico de Identidad Nacional, debido a que contiene
hasta 49 diferentes asuntos de cada habitante del país. A partir
de 2009, a todos se les dará una tarjeta de identidad biométrica
"inteligente", vinculada con el registro nacional, la cual será
necesaria para tener acceso a servicios públicos, como cirugías,
oficinas de desempleo, bibliotecas y otros, de manera que dejen
un rastro de datos electrónico nuevo y fácil de leer. Estados
Unidos planea un sistema similar, con datos personales
contenidos en una nueva licencia nacional de conductor que
fungirá también como tarjeta de identidad.
Las compañías también juntan
inmensas cantidades de datos. La mayoría de las personas ni
siquiera se fijan en qué información entregan cuando usan su
tarjeta de crédito, compran algo en línea o firman un préstamo.
Tampoco tienen mucha idea del uso que dichos datos tendrán en lo
sucesivo. No sólo las compañías "extraen" esos datos para
dirigir de manera más efectiva su publicidad, sino también para
dar a sus clientes más valiosos (por ejemplo, los que gastan
más) un mejor servicio. También pueden "compartir" los datos con
la policía sin permiso o conocimiento del dueño.
En la actualidad, los países
más democráticos cuentan con leyes que garantizan la protección
y/o la privacidad, ya que contienen reglas estrictas para la
recolección, el almacenamiento y el uso de datos personales.
También existe con frecuencia un comisionado nacional de
información o privacidad que supervisa dicha protección (aunque
no en EU). A las agencias de inteligencia, y con frecuencia a
las autoridades judiciales, se les exime de respetar dichas
leyes siempre que la seguridad nacional esté en juego. Pero por
lo general se estipula que los datos deben usarse sólo para
propósitos específicos, no deben conservarse más tiempo del
necesario, y deben mantenerse precisos, actualizados y
protegidos de espionaje no autorizado.
Todo eso suena muy bien. Pero
una serie de filtraciones en los años pasados demuestra que
ninguna información está nunca en verdad segura. Computadoras
portátiles con información importante son robadas de autos,
cintas de respaldo se pierden en el trayecto y los piratas
cibernéticos pueden irrumpir en las bases de datos, aun en la
del Pentágono. También están los "ataques desde el interior", en
los cuales ciertas personas abusan del acceso que disfrutan
gracias a su puesto. Hace poco se supo que trabajadores del
Servicio de Salud de Gran Bretaña escudriñaron los detalles
íntimos y médicos de una celebridad. Todo esto puede conducir a
invasiones a la intimidad y al robo de identidades.
Ranas hervidas
Si el desgaste de la privacidad
individual empezó mucho antes de 2001, se ha acelerado
enormemente desde entonces. Y no siempre para mal: es posible
que los atacantes suicidas, por su propia naturaleza, no sean
detenidos por una cámara de circuito cerrado (aunque ésta
hablara), pero defensores de la seguridad afirman que muchos
planes terroristas han fracasado, y muchas vidas se han salvado,
mediante el incremento del espionaje, la elaboración de perfiles
y la búsqueda en asuntos privados. Pero, ¿cuál ha sido el costo
para las libertades civiles?
La privacidad es un "derecho"
moderno. Ni siquiera se menciona en la lista de demandas de los
revolucionarios del siglo XVIII. De hecho, no se hizo explícito
en las leyes y tratados hasta después de la Segunda Guerra
Mundial. Pocas personas fuera de los grupos de defensores de las
libertades civiles se muestran en realidad preocupadas por su
posible pérdida.
Lo anterior puede explicarse
porque la vigilancia electrónica no ha tenido gran impacto en la
vida de las personas, más allá de (por lo general) que facilita
lidiar con la oficialidad. Pero con la recolección y la
centralización de grandes cantidades de datos, el potencial de
abuso es enorme y muy endebles los mecanismos de protección.
Ross Anderson, profesor de la
Universidad de Cambridge en Inglaterra, ha comparado la actual
situación con una "rana hervida", la cual no salta para escapar
de una cacerola si el agua aumenta de temperatura poco a poco.
Si la libertad se erosiona a paso lento, la gente se
acostumbrará. Sin embargo, es posible que la invasión a la
privacidad alcance su punto crítico e instigue una revuelta.
Si no hay muchas señales de
revuelta en las democracias occidentales podría ser porque la
mayoría de las personas cree que sus autoridades luchan contra
el terrorismo y evitan abusar de la información en su poder. La
perspectiva parece mucho más peligrosa en países como Rusia y
China, que han adoptado tecnología capitalista y la revolución
de la información sin haber exorcizado por completo el ethos
de un Estado autoritario, donde los disidentes, por
pacíficos que sean, son vigilados muy de cerca.
La era de la información
posibilita la aparición de una anticuada dictadura recolectora
de expedientes y datos basada en un monopolio de las
comunicaciones. Pero hay que imaginar qué clase de Estado podría
surgir si los mejores cerebros de una fuerza policial secreta
–fuerza cuya cultura trata a todo disidente como peligroso–
perfeccionan el arte de reunir y usar información en masivos
bancos computarizados y no en pequeños y amarillentos papeles.
Traducción Jorge Anaya
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