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Aniversario del Che
Jorge Castañeda
Profesor de la Universidad de
Nueva York
En un decreto
expedido el 26 de agosto de este año, el presidente
Hugo Chávez, de Venezuela, creó una Comisión
Presidencial para la Formación Ideológica y Política
y la Transformación de la Economía Capitalista en un
modelo de Economía Socialista que tendrá las
siguientes atribuciones: 1. Formular el plan
extraordinario Misión Che Guevara, el cual
debe contener como mínimo: criterios y mecanismos
para asegurar su efectiva aplicación a nivel
nacional; criterios y mecanismos para incentivar la
participación de la comunidad organizada en la
implementación del plan. 2. Formular y
coordinar los lineamientos que regirán la aplicación
del plan entre los diferentes entes, órganos y
organizaciones involucrados, destinado a obtener
formación, capacitación y organización laboral
sustentable, apoyo técnico, tecnológico, financiero
y logístico desarrollando la conciencia ética y
moral como factores determinantes en la formación
del hombre y la mujer... con prioridad en las
comunidades más desasistidas. (...) 4.
Realizar la evaluación y seguimiento al plan
extraordinario
Misión Che Guevara...".
En el
40 aniversario de la muerte del "Guerrillero
Heroico", Chávez recurre, mediante una prosa digna
del Gosplan, al nombre de alguien que dio la vida
por sus ideas para lanzar un programa de renovación
ideológica y de creación de un "hombre nuevo", sin
recordar que todas esas ideas por las que murió
fracasaron estrepitosamente. Pero no debe
sorprendernos: si el comandante Che Guevara volviera
hoy a la zona de Vallegrande, en Bolivia, se
extrañaría quizás por encontrarse en una zona
escasamente poblada, en parte por campesinos tan
pobres como en 1967, y en parte por... un nutrido
número de médicos cubanos, algunos disfrazados de
venezolanos, así como él y su columna guerrillera se
disfrazaron de bolivianos. Seguramente hay hoy más
doctores cubanos en esos parajes que guerrilleros
cubanos hace 40 años. Por una parte, enhorabuena.
Por la otra, sin embargo, resulta irónico que
finalmente el sueño del Che en Bolivia se realice a
través de los petrodólares de Hugo Chávez, el
desempleo de la economía isleña y los
kaláshnikovs de Putin. La historia avanza
enmascarada, pero no siempre del buen lado.
Habrá
nuevamente en esta nueva conmemoración decenal, que
se repite como rito cada diez años, quienes subrayen
la pertinencia de la epopeya guevarista para la
América Latina de hoy. Sigue habiendo pobres, siguen
abajo los de abajo y arriba los de arriba, siguen
cerrados los caminos del cambio por vías
institucionales, sigue EEUU interviniendo en los
asuntos internos de cada nación de la gran patria de
Bolívar. El presidente Evo Morales, de Bolivia,
rendirá floridos homenajes a quien buscó, con un
grupo de extranjeros, derrocar por las armas al
Gobierno boliviano; aparecerán en todos los
periódicos y revistas afines al "eje del bien" (La
Habana-Managua-Caracas-Quito-La Paz-Teherán),
panegíricos adulando y alabando a la figura épica
del mártir de La Higuera. Se publicarán nuevos
libros y ensayos cantando viejas loas al Che, y los
niños en las escuelas cubanas seguirán gritando
"Seremos como el Che", cada mañana.
Pero
permanecerán cerrados los archivos cubanos, y sin
investigar los archivos de la Presidencia Rusa /
Soviética en la Hoover Institución de la Universidad
de Stanford, California, donde yacen muchas de las
claves que explican el trágico desenlace boliviano.
Seguiremos un rato más sin saber si había un plan
B para rescatar o reforzar al Che en los Andes;
seguiremos sin saber si Alexei Kosyguin le prohibió
a Fidel Castro, en julio de 1967, en la misma Sierra
Maestra donde transitaron a la gloria el Che y Fidel
escasos años antes, cualquier injerencia adicional
en Bolivia. Y seguiremos sin saber, por último, si
el Che se fue o lo fueron de Cuba, tanto a
principios de 1965 como a mediados de 1966.
Pero
sí sabemos en cambio por lo menos tres cosas, que no
deben ser silenciadas en este nuevo aniversario.
Primero, miles de jóvenes latinoamericanos murieron
inútilmente por querer "ser como el Che": con dos
excepciones (Nicaragua y El Salvador), todas las
tentativas de crear "focos" guerrilleros en los años
60, 70 y 80 fueron aniquiladas sin dejar un trazo.
El saldo es rojo, no por el triunfo de la
revolución, sino por la sangre derramada, de unos y
otros.
En
segundo lugar, esos intentos contribuyeron -unos más
que otros- en buena medida al surgimiento o a la
radicalización de las dictaduras militares o
regímenes de "seguridad nacional" en muchos países
de la región. Las guerrillas no produjeron los
golpes militares (quizás en Uruguay, Perú y
Argentina sí, por cierto), pero los aceleraron, o
provocaron una mayor represión que la que de
cualquier manera se hubiera ejercido, de no haber
existido los focos. Correr ese riesgo y pagar ese
costo, frente a una posibilidad verosímil de
triunfo, tal vez hubiera tenido sentido; hacerlo
ante una retahíla interminable de derrotas, todas
ellas previsibles y previstas, resulta criminal.
Y
tercero, el legado del Che incluye también la demora
innecesaria e injustificada en el surgimiento de una
izquierda democrática y moderada, globalizada y
moderna, en América Latina. Tan era posible esa
izquierda, que hoy existe: en Chile, en Brasil, en
Uruguay, entre otros. Tan era viable, que gobierna,
y gobierna bien. Tan pudo haber emergido antes, que
a lo lejos se vislumbraban atisbos desde hace un
cuarto de siglo. Pero no prosperaron, como hoy
siguen sin materializarse, en Venezuela, en Bolivia,
en Argentina, en Nicaragua, en Ecuador y en México,
entre otros. Por muchas razones, sin duda; pero una
de ellas consiste en la fascinación que la
revolución, el socialismo, la lucha armada y el
antiimperialismo aún ejercen sobre amplios
territorios de la izquierda latinoamericana. El
símbolo de todo eso es, justamente, el Che Guevara.
Resulta ser, en el 40 aniversario de su muerte, una
magnífica prueba de ácido: donde lo celebran y
recuerdan, prevalece una izquierda anacrónica,
autoritaria, nacionalista y estatista. Y donde
brillan por su ausencia los festejos y homenajes,
impera una izquierda, dentro o fuera del poder, que
se ha reconstruido. Allí, finalmente, descansa en
paz el señor de las camisetas, con un epitafio que
le corresponde: simbolizar una época -el 68- y un
movimiento -el de la juventud sesentera- a los que
tanto debemos, y no un ideario político obsoleto,
que tantos rechazamos.
El mito adánico
Julio María Sanguinetti
Ex presidente de Uruguay
Hispanoamérica adolece desde siempre del llamado
"mito adánico", esa pulsión refundacional que cada
pocos años imagina que estamos naciendo de nuevo, a
partir de la tierra arrasada de un pasado reciente
que se vitupera y debe ser expulsado de la historia
a las profundidades infernales.
Decimos Hispanoamérica, porque Brasil tiene otro
sentido de continuidad. Su historia le ha conducido
a vivir la propia peripecia como una permanente
evolución. Siendo dominio de Portugal, se benefició
del traslado de la Corte de Don Juan VI en 1808,
producida a raíz de la invasión napoleónica. Ese
hecho europeo le significó a Brasil beneficiarse de
instituciones europeas, incluido su ejército (tan
asociado al británico en el proceso de reconquista),
y, por encima de todo, de mantener la unidad que los
"castellanos" -como ellos nos decían- no pudimos
preservar. Como consecuencia, fueron monarquía y se
llamaron Imperio cuando Pedro I, hijo del Rey,
resolvió quedarse en Brasil y declarar su
independencia al retornar su padre a Lisboa. La
diplomacia, el ejército y el empresariado mineiro-paulista
fueron desde entonces los pilares de una
organización que se fue haciendo sin grandes
rupturas. No hubo guerra de la independencia y la
rebelión republicana recién llegó en 1889 de la mano
del ejército, sin pagar el precio de una
conflagración nacional. Todo esto le dio a Brasil,
al "Imperio", una visión de largo plazo, un sentido
de continuidad histórica que perdura hasta nuestros
días y que, como dice Celso Lafer, hizo de él "un
monster country que no asusta".
Cuando Lula llegó al poder, no faltaron
comentaristas que, con tono dramático, hablaban de
la llegada a Brasilia, ese Versailles del
racionalismo arquitectónico, de un barbado
sindicalista de izquierda emergente de las clases
más pobres del país. Por cierto, quien hubiera
seguido de cerca el proceso político jamás podría
haber abonado la idea de una situación traumática.
Lula nunca expresaba resentimientos y había sido
graciosamente explícito cuando, preguntado sobre si
él era "marxista-leninista", respondió que él sólo
era "tornero-mecánico". Muy lejos de cualquier
radicalismo, Brasil ha vivido una continuidad
tranquila en que el presidente aparece por encima de
todo, erigido ya en mito nacional, sin involucrarse
demasiado en los asuntos del día a día, en los que
aterriza cada tanto con expresiones de sabiduría
popular, dichas como si él mismo no fuera el
responsable.
En la
Hispanoamérica, en cambio, la ruptura ha sido la
norma. Estamos a 200 años del inicio del proceso de
independencia, que fue concebido como un quiebre
absoluto, un desgajamiento irreconciliable de
España, inspirado en el incendio de la Revolución
Francesa, que pretendió reducir a cenizas el pasado
monárquico. Bolívar quizás sea el paradigma de esa
visión tan desmesurada como la geografía tropical.
Esa actitud arrasadora del pasado sobrevive aún. Se
instaura el odio a lo de atrás y se convoca a una
impostergable "purificación" que nos retornaría a
una "edad de oro" vaga e indefinida. Aun sin
saberlo, los líderes refundacionales han sido
spenglerianos, con una visión fáustica de la vida en
que se suceden la muerte y la transfiguración en un
dramático devenir. Se construye repudiando, se mira
al futuro desde una utopía pasada, se regenera a
partir de la decadencia.
La
retórica del presidente Chávez encaja con
ejemplaridad en esta visión, de enfático desprecio
al pasado democrático, con todas sus contradicciones
y limitaciones, pero democrático al fin. Desde esta
óptica, proclama construir un Socialismo del Siglo
XXI cuyo pilar fundamental no es otro que la
reelección indefinida del caudillo mesiánico, la
denominación de República Bolivariana a un
autoritarismo populista y el uso pródigo de la
lluvia de oro que el rampante petróleo ha traído.
No
muy distinto es el proceso ecuatoriano, donde el
triunfante presidente Correa también cancela el
pasado y proclama un nuevo tiempo histórico. No cae
en los excesos retóricos de su colega venezolano,
afirma que no procura su entronización sin límite,
pero está claro que la recién electa Asamblea
Constituyente se inscribe fatalmente en esa ilusión
de estar construyendo el nuevo Paraíso.
Bolivia atraviesa también una etapa constituyente,
en medio de revueltas divisorias e intereses
cruzados: Santa Cruz, la más rica y próspera región
petrolera y agrícola, invocando sus pujos
autonomistas; Sucre, la vieja capital del Potosí de
donde salía la plata para el mundo, reivindica ser
capital de verdad, en pugna con La Paz, que -a la
inversa- aspira a una real capitalidad y no a la
partición de poderes que hoy vive.Los tres países
están elaborando nuevas Constituciones, imaginadas
todas ellas como el inicio de un nuevo tiempo. Los
casi dos siglos de independencia se observan como un
fracaso y debemos empezar desde la tabla rasa.
Ya en los albores de la revolución de la
independencia, Francisco de Miranda dijo,
sabiamente, en 1799: "Dos grandes ejemplos tenemos
delante de los ojos: la revolución norteamericana y
la francesa. Imitemos discretamente la primera;
evitemos con sumo cuidado los fatales efectos de la
segunda". No hay duda de que fue ese jacobinismo
robespierriano el que predominó, pese a los
federalismos inspirados en la revolución
norteamericana: se partía de la nada y todo podía
moldearse por la voluntad de los nuevos
señores-ciudadanos.
Esa
mitología sobrevive más de lo que suele decirse. La
retórica argentina actual es borrar todo rastro de
los "ominosos años noventa", identificados con las
presidencias de Carlos Menem. Chile, en cambio,
ofrece el ejemplo contrario: los gobiernos
democráticos no barrieron con la economía abierta
que venía de la dictadura, preservaron sus dinámicos
logros y, sobre su base, fueron recuperando
libertades y avanzando en el desarrollo social,
aunque aún le falte mucho trecho por andar (como se
aprecia por estos días, en el desasosiego
callejero). La continuidad de cuatro gobiernos de
parecido rumbo, que reconstruyeron libertades sin
soñar con sembrar en una tierra arrasada, le han
permitido a Chile crecer más que los demás.
El
gran dilema es que de esas rupturas poco de
saludable nacerá. Se derrochan esfuerzos en
destruir, cuando el desafío es abrirse hacia un
presente de globalización, competencia, revolución
científica, apertura y aldea global comunicacional.
Desgraciadamente, todos estos grandes ensueños
regeneradores no miran hacia ese mundo, que niegan,
sino hacia adentro, no respetando los vientos de los
tiempos y creyendo, aún, que a fuerza de gasto
público pueden dominarlos con su sola voluntad.
Cómo se replantea el marxismo
Mariana Canavese Bruno
Fornillo
Socióloga
En las
últimas décadas del siglo pasado, una serie de
sucesivas derrotas impuestas al movimiento de masas
determinaron una también sucesiva serie de
decepciones entre los intelectuales, que terminaron
por proclamar la última "crisis del marxismo"
conocida hasta el presente y se abrieron a otros
paradigmas, emergiendo numerosos marxismos,
neomarxismos y posmarxismos. Es posible que hoy,
pues, se note engañosa la crítica vulgar al marxismo
vulgar, aquella que, por ejemplo, lo acu saba de un
mecanicismo que simplificaba el derrotero de la
historia o de conducir inevitablemente al
totalitarismo. Y quizás se haya atravesado el vacío
teórico y político que acompañó a la caída del Muro
de Berlín y a la mistificación neoliberal. No deja
de ser sintomático que una encuesta recientemente
realizada por la BBC de Londres ubicara a Karl Marx
como el filósofo más importante de todos los
tiempos. Así, podríamos asistir al relajamiento de
la ortodoxia, al avistaje de prácticas políticas que
sintetizan la experiencia transitada y a un trabajo
molecular de la teoría.
El sacudón sísmico vivido no es absolutamente
inédito para una tradición de un dinamismo
significativo. El filósofo José Sazbón postuló que
el concepto de crisis es inherente a la biografía
intelectual del propio Marx: "La unidad
incuestionada de un marxismo carente de tensiones no
puede existir sino como un paradigma evanescente".
Y, en este sentido, conoció decontrucciones y
reconstrucciones, agrupables en los nombres propios
de Sartre, Althusser, Habermas, entre tantos otros.
Más allá de la crisis -siempre proclive a
convertirse en eslogan- tres libros de reciente
aparición procuran indagar en torno de los
principios inaugurados por el pensador alemán:
Verdades y saberes del marxismo, de Elías Palti,
Los marxismos del nuevo siglo, de César
Altamira, y una compilación que reúne autores y
temáticas varias bajo el título La teoría
marxista hoy. Diferentes entre sí, cada cual
apuesta por sondear el corpus clásico y abreva en
diversas vertientes contemporáneas, dando cuenta de
los obstáculos a sortear y de las potencialidades
para pensar lo actual, requisito decisivo de su
carácter crítico.
En el balance acerca de la posibilidad de una
política emancipatoria hay quienes aseguran que la
acción colectiva que el marxismo alentó se muestra
de antemano condenada al estancamiento y que, en el
camino de su legado, las nuevas formulaciones no se
ven obligadas a nutrirse de un recorrido emprendido
a mediados del siglo XIX. Para Elías Palti, "frente
a una primera crisis del paradigma hegeliano
evolucionista -discurso en el que se inscribe Marx-
se presenta una recomposición que se puede
sintetizar en el paso del marxismo al leninismo,
donde se pone en el centro la acción subjetiva y la
militancia ocupa el lugar de la filosofía de la
historia. El marxismo tenía un sentido trágico
porque era una apuesta subjetiva que debía proyectar
al mundo un sentido que en sí mismo no tiene. Lo que
habría ahora entrado en suspenso es esta idea de que
los sujetos son quienes construyen la historia,
visión que se ha revelado tan mítica como la
hegeliana-evolucionista".
Por otro lado, hay quienes subrayan aquello que
permanece: "La crisis del marxismo -sostiene Eduardo
Grüner, uno de los autores de La teoría marxista
hoy- fue decretada por el pensamiento
posmoderno. No había razón, era una avanzada
ideológica, pero era un síntoma, ninguna ideología
puede funcionar si no tiene algo de verdad, y lo
cierto es que el marxismo posee graves hipotecas
históricas. Pero el marxismo es un pensamiento y un
movimiento de lo real que se va transformando
necesariamente junto con las transformaciones de lo
real. Por supuesto que no se puede desestimar que el
proletariado no es lo que era en la época de Marx,
pero en el capitalismo sigue existiendo el conflicto
capital-trabajo. La proliferación de heterogéneas
expresiones no puede taparnos esa fractura
fundamental". Lo novedoso, por lo tanto, parece ser
que se ha reconocido un lastre propio de la
tradición, pero sobre todo que, entre la apertura a
problemáticas no exploradas y una continuidad
crítica, emerge un campo para volver a pensar
eligiendo cada vez la relación con el corpus
marxista.
En plural
Si el marxismo se encuentra en
una fase espectral, y es Jacques Derrida quien así
lo enuncia, ello sería a causa de su actual
incapacidad para hacer inteligible al mundo y a sí
mismo, de la crítica a sus fundamentos esencialistas,
de la ineficacia de su proyección
partidario-estatal; se trataría, entonces, de pensar
a partir de habitar un lugar imposible,
permaneciendo en "la inmanencia de la crisis".
Subjetivamente, habría que afrontar lo que significa
recorrer una época suspendida, en un tiempo
-sostiene Palti- en el cual no sólo Dios ha muerto
sino que todos sus nombres seculares (nación,
proletariado, etcétera) han develado su trasfondo
mítico, donde todo sentido se ha vuelto precario:
"En última instancia, el mito inherente a esta era
postsecular es pensar que desde el momento en que
nos hemos librado de la pregunta por el sentido
también nos libramos de la presión de su búsqueda.
En ese doble horizonte es donde se abre el núcleo
tenso que define a esta nueva era; es la pregunta
por el sentido después de El Sentido. En el
pensamiento marxista, coincidentemente pero no por
casualidad, es donde esta situación paradójica se va
a expresar más crudamente. Lo que le da todavía un
sesgo perturbador a este interrogante es que aún así
no podemos prescindir de la idea de un sentido
porque sin él no hay una posibilidad para la vida
comunal". El libro de Elías Palti diagnostica una
época que carece de un fundamento sólido y procura
llevar lo más lejos posible esta constatación para
habilitar así un modo renovado de asumir la pregunta
por la política.
Simultáneamente, a partir de un recorrido que
durante años se ha alimentado de autores como Michel
Foucault o Félix Guattari y de ciclos de
movilización que los europeos ven despuntar en el 68
-el obrerismo italiano, por ejemplo-, un "marxismo
proyectual" ha sido capaz de dar a luz nuevos
horizontes problemáticos. Un bloque de pensamiento
sostiene que la dinámica de la producción
capitalista actual fue motivada por la ebullición
político-creativa de los años 60 y 70, que sitúa a
la fuerza viva del trabajo como el motor básico del
capital -volviéndolo dependiente de la cooperación
social-, que emplaza así al mundo de la
autoorganización como horizonte político frente a
los procesos de burocratización de los sindicatos y
de los partidos. Esta vertiente, en la que se filia
César Altamira, contrapone un "marxismo posmoderno",
que absorbe las innovaciones producidas en plurales
campos de reflexión, a la lógica cultural del
capitalismo tardío.
En Los marxismos del nuevo siglo se traza,
además, una genealogía original al desplegar
rigurosamente los recorridos del Open Marxism
(gestado en Inglaterra y cuyo principal exponente es
John Holloway) y de la Escuela francesa de la
Regulación (que busca indagar las características de
los regímenes de acumulación del capital), con la
certeza de que "a lo largo de los últimos 25 años de
posfordismo y moderna reestructuración del
capitalismo, los elementos teóricos del marxismo
metamorfoseado se han recompuesto lentamente y
provisto de una insospechada audacia a pesar de la
descomposición social que ha acompañado a la
derrota". Lejos de abonar una continuidad sin
quiebres, Altamira intenta presentar la
reformulación del ideario marxista sopesando los
desafíos que enfrentaron las izquierdas a lo largo
del siglo XX.
Huellas del
materialismo
Hacia mediados de los años 70,
Perry Anderson sostuvo que el retroceso del marxismo
iba a quedar pronto clausurado al emerger un
pensamiento estratégico que reactivaría una
tradición latente, fundiendo teoría y práctica
política. Para entonces, el ascenso de la
historiografía británica bajo la influencia de un
grupo historiadores comunistas (Christopher Hill,
Eric Hobsbawm y Edward P. Thompson, entre otros)
venía postulando hacía tiempo el traslado de la
producción intelectual marxista de la Europa
continental al mundo anglosajón. Tras la caída del
Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética,
la verificación de una impasse histórica -que
asume esta corriente- corre junto a la certeza de la
superioridad teórica del marxismo, y el hecho de que
éste logre explicar las razones de sus propios
obstáculos (como práctica) impide afirmar que se
encuentra en crisis (como teoría).
En esta línea, Javier Amadeo, politólogo y uno de
los compiladores de La teoría marxista hoy,
señala que las consecuencias abiertas por la
mundialización neoliberal constituyen la "condición
negativa" para una renovación del pensamiento
marxista. Los análisis de las luchas en torno a la
contradicciones de clase se imbricarían aquí con los
problemas de género y opción sexual,
ecológico-medioambientales y nacionalistas, étnicos,
raciales y religiosos, que marcan nuestro tiempo. Y,
en paralelo, serían las luchas sociales las que
estarían dando nuevos aires a la necesidad de
resituar la reflexión marxista en la coyuntura que
despunta. Amadeo afirma que "asistimos en nuestro
continente a procesos de movilización política,
luchas antineoliberales, emergencia de nuevos
sujetos y prácticas: movimientos indígenas en
Ecuador y en Bolivia, la articulación de la Vía
Campesina en América del Sur, organizaciones de
mujeres, de desocupados, de sin tierra y sin
vivienda. Experiencias políticas de izquierda que
colocan, desde el punto de vista práctico, desafíos
para un elaboración teórica y, al mismo tiempo,
expresan una potencialidad crítica fundamental hacia
nuestra sociedad".
Los modelos de dicho dinamismo no sólo se pueden
encontrar en la producción local mencionada: ¿acaso
los estudios culturales elaborados por Fredric
Jameson o Terry Eagleton no constituyen un
instrumento necesario para comprender la persistente
despolitización de la cultura? ¿No son los análisis
de la lógica del capital los que hay que profundizar
para conocer la función del trabajo contemporáneo,
que o bien se niega y desquicia subjetividades, o
bien se da y consume el tiempo de la vida? ¿No
existen en Marx claves, tal como lo plantea Elmar
Altvater, para encontrar las causas concretas de la
devastación de los recursos naturales? Incluso el
mismo marxismo y sus derivas de pensamiento, ¿no
contribuirán a descifrar la ausencia de una política
contrahegemónica, como quiso Gramsci, que
definitivamente arraigue en este suelo?
Es fundamentalmente en el nexo con la práctica,
expresado en términos clásicos, donde las distintas
propuestas encuentran que el marxismo no halla
cauces nítidos para volver a pulsear en el campo
político, desligado del sitial de cultura de masas
que supo ostentar. Los textos reseñados comparten la
necesidad de dirigirse a una época diferente; un
marxismo para Latinoamérica que parece ser no poco
productivo ante la necesidad de comprender las
líneas de continuidad del neoliberalismo o los
recorridos de una izquierda progresista abocada a
introducir cambios de una tibieza por lo demás
evidente. Con todo, también se juega en nuevas
experiencias, en la Bolivia de Evo Morales o en la
aún inescrutable Venezuela, donde Hugo Chávez llama
a construir el "socialismo del siglo XXI" y a leer
La revolución permanente del líder comunista
ruso León Trotsky.
Recientemente, al diagnosticar el renovado
protagonismo del pensador alemán, Eric Hobsbawm
marcaba una dinámica de largo aliento: "El fin del
marxismo oficial de la Unión Soviética ha liberado a
Marx de su pública identificación con el leninismo
teórico y con los regímenes leninistas en la
práctica. La gente ha empezado a percibir una vez
más que hay cosas en Marx que resultan
verdaderamente interesantes. El mundo capitalista
globalizado que surgió en la década de 1990 ha
resultado en muchas cosas enigmáticamente parecido
al mundo que había pronosticado Marx en 1848 en el
Manifiesto Comunista".
EEUU puede, todavía, salvar a Irak
Henry Kissinger
Ex secretario de Estado de
EEUU
Dos realidades definen los
límites de un debate significativo sobre la política
relativa a Irak: la guerra no puede llegar a su
término únicamente por medios militares. Pero
tampoco es posible "terminar" la guerra cediendo el
campo de batalla, dado que la amenaza jihadista
radical no conoce fronteras.
Las decisiones estadounidenses de los próximos meses
no podrán poner fin a las crisis de Irak y Oriente
Medio sin el cambio previo de las administraciones
estadounidenses; es posible que las dejen fuera de
control. Aunque el ciclo político invite a un debate
orientado a grupos de opinión, es imperativa una
política exterior bipartidaria.
¿Estados Unidos debe autoinfligirse nuevamente una
herida? Un retiro abrupto de Irak no pondrá fin a la
guerra; sólo le dará otra orientación. Dentro de
Irak, el conflicto sectario podría asumir
proporciones de genocidio; podrían volver a surgir
áreas de bases terroristas.
Bajo el efecto de la abdicación estadounidense, el
Líbano puede llegar a volcarse hacia la dominación
del aliado de Irán, Hezbollah; aumentan las
probabilidades de una guerra Siria-Israel o un
ataque israelí a plantas nucleares iraníes si Israel
intenta quebrar el círculo extremista; Turquía e
Irán probablemente aplastarán la autonomía kurda; y
los talibanes en Afganistán ganarán nuevo ímpetu.
Países en los cuales la amenaza radical todavía es
incipiente, como India, enfrentarán un problema
interno creciente. Pakistán, que se encuentra en
medio de una delicada transformación política,
deberá enfrentar más presiones radicales y hasta
puede llegar a convertirse él mismo en una amenaza
extremista.
A eso se refiere el retiro "precipitado" — una
retirada en la que Estados Unidos pierda la
capacidad de definir los acontecimientos, tanto
dentro de Irak, como en el campo de batalla anti-jihadista
o en el mundo en general.
Evidentemente, no debe retenerse en Irak ninguna
fuerza que sea prescindible. Pero la definición de
"prescindible" debe basarse en criterios políticos y
estratégicos. Si reducir los niveles de tropas pasa
a ser el indicador de la política estadounidense,
cada retirada generará exigencias de otras hasta que
la estructura política, militar y psicológica
colapse. Una estrategia apropiada para Irak requiere
una dirección política. Pero la dimensión política
debe ser una aliada de la estrategia militar, no una
renuncia a ésta.
Nada en la historia de Oriente Medio indica que la
abdicación confiera influencia. Quienes exhortan a
seguir ese rumbo necesitan analizar lo que
recomiendan si se producen las terribles
consecuencias de un retiro abrupto previstas por la
mayoría de los expertos y diplomáticos.
Los estadounidenses podrán no estar de acuerdo con
la decisión de intervenir o con la política
ulterior, pero Estados Unidos está actualmente en
Irak en gran medida para cumplir con el compromiso
que ha asumido con el orden global y no como un
favor al gobierno de Bagdad.
La ruta decisiva para superar la crisis iraquí, es
la diplomacia internacional. En la actualidad,
Estados Unidos soporta el mayor peso de la seguridad
regional a nivel militar, político y económico en
tanto que los países que también sufrirán las
consecuencias permanecen pasivos.
No obstante, muchos otros países saben que su
seguridad interior y, en algunos casos, su
supervivencia se verá afectada por el desenlace en
Irak y tiene que preocuparles el hecho de que todos
pueden enfrentar riesgos impredecibles si la
situación se descontrola. Esa pasividad no puede
durar. La mejor manera de que los otros países hagan
valer sus preocupaciones es participar en la
construcción de una sociedad civil. La mejor manera
para nosotros de impulsarla es transformar la
reconstrucción paso a paso en una iniciativa
internacional de cooperación bajo una gestión
multilateral.
No será posible alcanzar estos objetivos con un
gesto único y dramático. El resultado militar en
Irak en definitiva tendrá que reflejarse en algún
reconocimiento internacional y alguna aplicación
legal internacional de sus disposiciones. La
conferencia internacional de vecinos de Irak,
incluidos los miembros permanentes del Consejo de
Seguridad, estableció un foro posible para ello.
Continuar con la diplomacia inevitablemente plantea
el tema de cómo tratar con Irán. La cooperación es
posible y debe estimularse con un Irán que busque la
estabilidad y la cooperación.
Pero un Irán que practique la subversión y busque la
hegemonía en la región — lo cual parece constituir
la tendencia actual — debe ser enfrentado con líneas
rojas que no estará autorizado a cruzar. Los países
industriales no pueden aceptar que las fuerzas
extremistas dominen una región de la que dependen
sus economías, y la adquisición de armas nucleares
por parte de Irán es incompatible con la seguridad
internacional.
Traducción: Cristina Sardoy.
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