16 de octubre de 2007

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Aniversario del Che

 

 

Jorge Castañeda

Profesor de la Universidad de Nueva York

 

En un decreto expedido el 26 de agosto de este año, el presidente Hugo Chávez, de Venezuela, creó una Comisión Presidencial para la Formación Ideológica y Política y la Transformación de la Economía Capitalista en un modelo de Economía Socialista que tendrá las siguientes atribuciones: 1. Formular el plan extraordinario Misión Che Guevara, el cual debe contener como mínimo: criterios y mecanismos para asegurar su efectiva aplicación a nivel nacional; criterios y mecanismos para incentivar la participación de la comunidad organizada en la implementación del plan. 2. Formular y coordinar los lineamientos que regirán la aplicación del plan entre los diferentes entes, órganos y organizaciones involucrados, destinado a obtener formación, capacitación y organización laboral sustentable, apoyo técnico, tecnológico, financiero y logístico desarrollando la conciencia ética y moral como factores determinantes en la formación del hombre y la mujer... con prioridad en las comunidades más desasistidas. (...) 4. Realizar la evaluación y seguimiento al plan extraordinario Misión Che Guevara...".

En el 40 aniversario de la muerte del "Guerrillero Heroico", Chávez recurre, mediante una prosa digna del Gosplan, al nombre de alguien que dio la vida por sus ideas para lanzar un programa de renovación ideológica y de creación de un "hombre nuevo", sin recordar que todas esas ideas por las que murió fracasaron estrepitosamente. Pero no debe sorprendernos: si el comandante Che Guevara volviera hoy a la zona de Vallegrande, en Bolivia, se extrañaría quizás por encontrarse en una zona escasamente poblada, en parte por campesinos tan pobres como en 1967, y en parte por... un nutrido número de médicos cubanos, algunos disfrazados de venezolanos, así como él y su columna guerrillera se disfrazaron de bolivianos. Seguramente hay hoy más doctores cubanos en esos parajes que guerrilleros cubanos hace 40 años. Por una parte, enhorabuena. Por la otra, sin embargo, resulta irónico que finalmente el sueño del Che en Bolivia se realice a través de los petrodólares de Hugo Chávez, el desempleo de la economía isleña y los kaláshnikovs de Putin. La historia avanza enmascarada, pero no siempre del buen lado.

Habrá nuevamente en esta nueva conmemoración decenal, que se repite como rito cada diez años, quienes subrayen la pertinencia de la epopeya guevarista para la América Latina de hoy. Sigue habiendo pobres, siguen abajo los de abajo y arriba los de arriba, siguen cerrados los caminos del cambio por vías institucionales, sigue EEUU interviniendo en los asuntos internos de cada nación de la gran patria de Bolívar. El presidente Evo Morales, de Bolivia, rendirá floridos homenajes a quien buscó, con un grupo de extranjeros, derrocar por las armas al Gobierno boliviano; aparecerán en todos los periódicos y revistas afines al "eje del bien" (La Habana-Managua-Caracas-Quito-La Paz-Teherán), panegíricos adulando y alabando a la figura épica del mártir de La Higuera. Se publicarán nuevos libros y ensayos cantando viejas loas al Che, y los niños en las escuelas cubanas seguirán gritando "Seremos como el Che", cada mañana.

Pero permanecerán cerrados los archivos cubanos, y sin investigar los archivos de la Presidencia Rusa / Soviética en la Hoover Institución de la Universidad de Stanford, California, donde yacen muchas de las claves que explican el trágico desenlace boliviano. Seguiremos un rato más sin saber si había un plan B para rescatar o reforzar al Che en los Andes; seguiremos sin saber si Alexei Kosyguin le prohibió a Fidel Castro, en julio de 1967, en la misma Sierra Maestra donde transitaron a la gloria el Che y Fidel escasos años antes, cualquier injerencia adicional en Bolivia. Y seguiremos sin saber, por último, si el Che se fue o lo fueron de Cuba, tanto a principios de 1965 como a mediados de 1966.

Pero sí sabemos en cambio por lo menos tres cosas, que no deben ser silenciadas en este nuevo aniversario. Primero, miles de jóvenes latinoamericanos murieron inútilmente por querer "ser como el Che": con dos excepciones (Nicaragua y El Salvador), todas las tentativas de crear "focos" guerrilleros en los años 60, 70 y 80 fueron aniquiladas sin dejar un trazo. El saldo es rojo, no por el triunfo de la revolución, sino por la sangre derramada, de unos y otros.

En segundo lugar, esos intentos contribuyeron -unos más que otros- en buena medida al surgimiento o a la radicalización de las dictaduras militares o regímenes de "seguridad nacional" en muchos países de la región. Las guerrillas no produjeron los golpes militares (quizás en Uruguay, Perú y Argentina sí, por cierto), pero los aceleraron, o provocaron una mayor represión que la que de cualquier manera se hubiera ejercido, de no haber existido los focos. Correr ese riesgo y pagar ese costo, frente a una posibilidad verosímil de triunfo, tal vez hubiera tenido sentido; hacerlo ante una retahíla interminable de derrotas, todas ellas previsibles y previstas, resulta criminal.

Y tercero, el legado del Che incluye también la demora innecesaria e injustificada en el surgimiento de una izquierda democrática y moderada, globalizada y moderna, en América Latina. Tan era posible esa izquierda, que hoy existe: en Chile, en Brasil, en Uruguay, entre otros. Tan era viable, que gobierna, y gobierna bien. Tan pudo haber emergido antes, que a lo lejos se vislumbraban atisbos desde hace un cuarto de siglo. Pero no prosperaron, como hoy siguen sin materializarse, en Venezuela, en Bolivia, en Argentina, en Nicaragua, en Ecuador y en México, entre otros. Por muchas razones, sin duda; pero una de ellas consiste en la fascinación que la revolución, el socialismo, la lucha armada y el antiimperialismo aún ejercen sobre amplios territorios de la izquierda latinoamericana. El símbolo de todo eso es, justamente, el Che Guevara.

Resulta ser, en el 40 aniversario de su muerte, una magnífica prueba de ácido: donde lo celebran y recuerdan, prevalece una izquierda anacrónica, autoritaria, nacionalista y estatista. Y donde brillan por su ausencia los festejos y homenajes, impera una izquierda, dentro o fuera del poder, que se ha reconstruido. Allí, finalmente, descansa en paz el señor de las camisetas, con un epitafio que le corresponde: simbolizar una época -el 68- y un movimiento -el de la juventud sesentera- a los que tanto debemos, y no un ideario político obsoleto, que tantos rechazamos.

 

 

El mito adánico

 

Julio María Sanguinetti

Ex presidente de Uruguay

 

Hispanoamérica adolece desde siempre del llamado "mito adánico", esa pulsión refundacional que cada pocos años imagina que estamos naciendo de nuevo, a partir de la tierra arrasada de un pasado reciente que se vitupera y debe ser expulsado de la historia a las profundidades infernales.

Decimos Hispanoamérica, porque Brasil tiene otro sentido de continuidad. Su historia le ha conducido a vivir la propia peripecia como una permanente evolución. Siendo dominio de Portugal, se benefició del traslado de la Corte de Don Juan VI en 1808, producida a raíz de la invasión napoleónica. Ese hecho europeo le significó a Brasil beneficiarse de instituciones europeas, incluido su ejército (tan asociado al británico en el proceso de reconquista), y, por encima de todo, de mantener la unidad que los "castellanos" -como ellos nos decían- no pudimos preservar. Como consecuencia, fueron monarquía y se llamaron Imperio cuando Pedro I, hijo del Rey, resolvió quedarse en Brasil y declarar su independencia al retornar su padre a Lisboa. La diplomacia, el ejército y el empresariado mineiro-paulista fueron desde entonces los pilares de una organización que se fue haciendo sin grandes rupturas. No hubo guerra de la independencia y la rebelión republicana recién llegó en 1889 de la mano del ejército, sin pagar el precio de una conflagración nacional. Todo esto le dio a Brasil, al "Imperio", una visión de largo plazo, un sentido de continuidad histórica que perdura hasta nuestros días y que, como dice Celso Lafer, hizo de él "un monster country que no asusta".

Cuando Lula llegó al poder, no faltaron comentaristas que, con tono dramático, hablaban de la llegada a Brasilia, ese Versailles del racionalismo arquitectónico, de un barbado sindicalista de izquierda emergente de las clases más pobres del país. Por cierto, quien hubiera seguido de cerca el proceso político jamás podría haber abonado la idea de una situación traumática. Lula nunca expresaba resentimientos y había sido graciosamente explícito cuando, preguntado sobre si él era "marxista-leninista", respondió que él sólo era "tornero-mecánico". Muy lejos de cualquier radicalismo, Brasil ha vivido una continuidad tranquila en que el presidente aparece por encima de todo, erigido ya en mito nacional, sin involucrarse demasiado en los asuntos del día a día, en los que aterriza cada tanto con expresiones de sabiduría popular, dichas como si él mismo no fuera el responsable.

En la Hispanoamérica, en cambio, la ruptura ha sido la norma. Estamos a 200 años del inicio del proceso de independencia, que fue concebido como un quiebre absoluto, un desgajamiento irreconciliable de España, inspirado en el incendio de la Revolución Francesa, que pretendió reducir a cenizas el pasado monárquico. Bolívar quizás sea el paradigma de esa visión tan desmesurada como la geografía tropical. Esa actitud arrasadora del pasado sobrevive aún. Se instaura el odio a lo de atrás y se convoca a una impostergable "purificación" que nos retornaría a una "edad de oro" vaga e indefinida. Aun sin saberlo, los líderes refundacionales han sido spenglerianos, con una visión fáustica de la vida en que se suceden la muerte y la transfiguración en un dramático devenir. Se construye repudiando, se mira al futuro desde una utopía pasada, se regenera a partir de la decadencia.

La retórica del presidente Chávez encaja con ejemplaridad en esta visión, de enfático desprecio al pasado democrático, con todas sus contradicciones y limitaciones, pero democrático al fin. Desde esta óptica, proclama construir un Socialismo del Siglo XXI cuyo pilar fundamental no es otro que la reelección indefinida del caudillo mesiánico, la denominación de República Bolivariana a un autoritarismo populista y el uso pródigo de la lluvia de oro que el rampante petróleo ha traído.

No muy distinto es el proceso ecuatoriano, donde el triunfante presidente Correa también cancela el pasado y proclama un nuevo tiempo histórico. No cae en los excesos retóricos de su colega venezolano, afirma que no procura su entronización sin límite, pero está claro que la recién electa Asamblea Constituyente se inscribe fatalmente en esa ilusión de estar construyendo el nuevo Paraíso.

Bolivia atraviesa también una etapa constituyente, en medio de revueltas divisorias e intereses cruzados: Santa Cruz, la más rica y próspera región petrolera y agrícola, invocando sus pujos autonomistas; Sucre, la vieja capital del Potosí de donde salía la plata para el mundo, reivindica ser capital de verdad, en pugna con La Paz, que -a la inversa- aspira a una real capitalidad y no a la partición de poderes que hoy vive.Los tres países están elaborando nuevas Constituciones, imaginadas todas ellas como el inicio de un nuevo tiempo. Los casi dos siglos de independencia se observan como un fracaso y debemos empezar desde la tabla rasa. Ya en los albores de la revolución de la independencia, Francisco de Miranda dijo, sabiamente, en 1799: "Dos grandes ejemplos tenemos delante de los ojos: la revolución norteamericana y la francesa. Imitemos discretamente la primera; evitemos con sumo cuidado los fatales efectos de la segunda". No hay duda de que fue ese jacobinismo robespierriano el que predominó, pese a los federalismos inspirados en la revolución norteamericana: se partía de la nada y todo podía moldearse por la voluntad de los nuevos señores-ciudadanos.

Esa mitología sobrevive más de lo que suele decirse. La retórica argentina actual es borrar todo rastro de los "ominosos años noventa", identificados con las presidencias de Carlos Menem. Chile, en cambio, ofrece el ejemplo contrario: los gobiernos democráticos no barrieron con la economía abierta que venía de la dictadura, preservaron sus dinámicos logros y, sobre su base, fueron recuperando libertades y avanzando en el desarrollo social, aunque aún le falte mucho trecho por andar (como se aprecia por estos días, en el desasosiego callejero). La continuidad de cuatro gobiernos de parecido rumbo, que reconstruyeron libertades sin soñar con sembrar en una tierra arrasada, le han permitido a Chile crecer más que los demás.

El gran dilema es que de esas rupturas poco de saludable nacerá. Se derrochan esfuerzos en destruir, cuando el desafío es abrirse hacia un presente de globalización, competencia, revolución científica, apertura y aldea global comunicacional. Desgraciadamente, todos estos grandes ensueños regeneradores no miran hacia ese mundo, que niegan, sino hacia adentro, no respetando los vientos de los tiempos y creyendo, aún, que a fuerza de gasto público pueden dominarlos con su sola voluntad.

 

 

Cómo se replantea el marxismo


Mariana Canavese Bruno Fornillo

Socióloga


En las últimas décadas del siglo pasado, una serie de sucesivas derrotas impuestas al movimiento de masas determinaron una también sucesiva serie de decepciones entre los intelectuales, que terminaron por proclamar la última "crisis del marxismo" conocida hasta el presente y se abrieron a otros paradigmas, emergiendo numerosos marxismos, neomarxismos y posmarxismos. Es posible que hoy, pues, se note engañosa la crítica vulgar al marxismo vulgar, aquella que, por ejemplo, lo acu saba de un mecanicismo que simplificaba el derrotero de la historia o de conducir inevitablemente al totalitarismo. Y quizás se haya atravesado el vacío teórico y político que acompañó a la caída del Muro de Berlín y a la mistificación neoliberal. No deja de ser sintomático que una encuesta recientemente realizada por la BBC de Londres ubicara a Karl Marx como el filósofo más importante de todos los tiempos. Así, podríamos asistir al relajamiento de la ortodoxia, al avistaje de prácticas políticas que sintetizan la experiencia transitada y a un trabajo molecular de la teoría.


El sacudón sísmico vivido no es absolutamente inédito para una tradición de un dinamismo significativo. El filósofo José Sazbón postuló que el concepto de crisis es inherente a la biografía intelectual del propio Marx: "La unidad incuestionada de un marxismo carente de tensiones no puede existir sino como un paradigma evanescente". Y, en este sentido, conoció decontrucciones y reconstrucciones, agrupables en los nombres propios de Sartre, Althusser, Habermas, entre tantos otros. Más allá de la crisis -siempre proclive a convertirse en eslogan- tres libros de reciente aparición procuran indagar en torno de los principios inaugurados por el pensador alemán: Verdades y saberes del marxismo, de Elías Palti, Los marxismos del nuevo siglo, de César Altamira, y una compilación que reúne autores y temáticas varias bajo el título La teoría marxista hoy. Diferentes entre sí, cada cual apuesta por sondear el corpus clásico y abreva en diversas vertientes contemporáneas, dando cuenta de los obstáculos a sortear y de las potencialidades para pensar lo actual, requisito decisivo de su carácter crítico.


En el balance acerca de la posibilidad de una política emancipatoria hay quienes aseguran que la acción colectiva que el marxismo alentó se muestra de antemano condenada al estancamiento y que, en el camino de su legado, las nuevas formulaciones no se ven obligadas a nutrirse de un recorrido emprendido a mediados del siglo XIX. Para Elías Palti, "frente a una primera crisis del paradigma hegeliano evolucionista -discurso en el que se inscribe Marx- se presenta una recomposición que se puede sintetizar en el paso del marxismo al leninismo, donde se pone en el centro la acción subjetiva y la militancia ocupa el lugar de la filosofía de la historia. El marxismo tenía un sentido trágico porque era una apuesta subjetiva que debía proyectar al mundo un sentido que en sí mismo no tiene. Lo que habría ahora entrado en suspenso es esta idea de que los sujetos son quienes construyen la historia, visión que se ha revelado tan mítica como la hegeliana-evolucionista".

Por otro lado, hay quienes subrayan aquello que permanece: "La crisis del marxismo -sostiene Eduardo Grüner, uno de los autores de La teoría marxista hoy- fue decretada por el pensamiento posmoderno. No había razón, era una avanzada ideológica, pero era un síntoma, ninguna ideología puede funcionar si no tiene algo de verdad, y lo cierto es que el marxismo posee graves hipotecas históricas. Pero el marxismo es un pensamiento y un movimiento de lo real que se va transformando necesariamente junto con las transformaciones de lo real. Por supuesto que no se puede desestimar que el proletariado no es lo que era en la época de Marx, pero en el capitalismo sigue existiendo el conflicto capital-trabajo. La proliferación de heterogéneas expresiones no puede taparnos esa fractura fundamental". Lo novedoso, por lo tanto, parece ser que se ha reconocido un lastre propio de la tradición, pero sobre todo que, entre la apertura a problemáticas no exploradas y una continuidad crítica, emerge un campo para volver a pensar eligiendo cada vez la relación con el corpus marxista.


En plural

Si el marxismo se encuentra en una fase espectral, y es Jacques Derrida quien así lo enuncia, ello sería a causa de su actual incapacidad para hacer inteligible al mundo y a sí mismo, de la crítica a sus fundamentos esencialistas, de la ineficacia de su proyección partidario-estatal; se trataría, entonces, de pensar a partir de habitar un lugar imposible, permaneciendo en "la inmanencia de la crisis". Subjetivamente, habría que afrontar lo que significa recorrer una época suspendida, en un tiempo -sostiene Palti- en el cual no sólo Dios ha muerto sino que todos sus nombres seculares (nación, proletariado, etcétera) han develado su trasfondo mítico, donde todo sentido se ha vuelto precario: "En última instancia, el mito inherente a esta era postsecular es pensar que desde el momento en que nos hemos librado de la pregunta por el sentido también nos libramos de la presión de su búsqueda. En ese doble horizonte es donde se abre el núcleo tenso que define a esta nueva era; es la pregunta por el sentido después de El Sentido. En el pensamiento marxista, coincidentemente pero no por casualidad, es donde esta situación paradójica se va a expresar más crudamente. Lo que le da todavía un sesgo perturbador a este interrogante es que aún así no podemos prescindir de la idea de un sentido porque sin él no hay una posibilidad para la vida comunal". El libro de Elías Palti diagnostica una época que carece de un fundamento sólido y procura llevar lo más lejos posible esta constatación para habilitar así un modo renovado de asumir la pregunta por la política.


Simultáneamente, a partir de un recorrido que durante años se ha alimentado de autores como Michel Foucault o Félix Guattari y de ciclos de movilización que los europeos ven despuntar en el 68 -el obrerismo italiano, por ejemplo-, un "marxismo proyectual" ha sido capaz de dar a luz nuevos horizontes problemáticos. Un bloque de pensamiento sostiene que la dinámica de la producción capitalista actual fue motivada por la ebullición político-creativa de los años 60 y 70, que sitúa a la fuerza viva del trabajo como el motor básico del capital -volviéndolo dependiente de la cooperación social-, que emplaza así al mundo de la autoorganización como horizonte político frente a los procesos de burocratización de los sindicatos y de los partidos. Esta vertiente, en la que se filia César Altamira, contrapone un "marxismo posmoderno", que absorbe las innovaciones producidas en plurales campos de reflexión, a la lógica cultural del capitalismo tardío.


En Los marxismos del nuevo siglo se traza, además, una genealogía original al desplegar rigurosamente los recorridos del Open Marxism (gestado en Inglaterra y cuyo principal exponente es John Holloway) y de la Escuela francesa de la Regulación (que busca indagar las características de los regímenes de acumulación del capital), con la certeza de que "a lo largo de los últimos 25 años de posfordismo y moderna reestructuración del capitalismo, los elementos teóricos del marxismo metamorfoseado se han recompuesto lentamente y provisto de una insospechada audacia a pesar de la descomposición social que ha acompañado a la derrota". Lejos de abonar una continuidad sin quiebres, Altamira intenta presentar la reformulación del ideario marxista sopesando los desafíos que enfrentaron las izquierdas a lo largo del siglo XX.


Huellas del materialismo

Hacia mediados de los años 70, Perry Anderson sostuvo que el retroceso del marxismo iba a quedar pronto clausurado al emerger un pensamiento estratégico que reactivaría una tradición latente, fundiendo teoría y práctica política. Para entonces, el ascenso de la historiografía británica bajo la influencia de un grupo historiadores comunistas (Christopher Hill, Eric Hobsbawm y Edward P. Thompson, entre otros) venía postulando hacía tiempo el traslado de la producción intelectual marxista de la Europa continental al mundo anglosajón. Tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, la verificación de una impasse histórica -que asume esta corriente- corre junto a la certeza de la superioridad teórica del marxismo, y el hecho de que éste logre explicar las razones de sus propios obstáculos (como práctica) impide afirmar que se encuentra en crisis (como teoría).

En esta línea, Javier Amadeo, politólogo y uno de los compiladores de La teoría marxista hoy, señala que las consecuencias abiertas por la mundialización neoliberal constituyen la "condición negativa" para una renovación del pensamiento marxista. Los análisis de las luchas en torno a la contradicciones de clase se imbricarían aquí con los problemas de género y opción sexual, ecológico-medioambientales y nacionalistas, étnicos, raciales y religiosos, que marcan nuestro tiempo. Y, en paralelo, serían las luchas sociales las que estarían dando nuevos aires a la necesidad de resituar la reflexión marxista en la coyuntura que despunta. Amadeo afirma que "asistimos en nuestro continente a procesos de movilización política, luchas antineoliberales, emergencia de nuevos sujetos y prácticas: movimientos indígenas en Ecuador y en Bolivia, la articulación de la Vía Campesina en América del Sur, organizaciones de mujeres, de desocupados, de sin tierra y sin vivienda. Experiencias políticas de izquierda que colocan, desde el punto de vista práctico, desafíos para un elaboración teórica y, al mismo tiempo, expresan una potencialidad crítica fundamental hacia nuestra sociedad".


Los modelos de dicho dinamismo no sólo se pueden encontrar en la producción local mencionada: ¿acaso los estudios culturales elaborados por Fredric Jameson o Terry Eagleton no constituyen un instrumento necesario para comprender la persistente despolitización de la cultura? ¿No son los análisis de la lógica del capital los que hay que profundizar para conocer la función del trabajo contemporáneo, que o bien se niega y desquicia subjetividades, o bien se da y consume el tiempo de la vida? ¿No existen en Marx claves, tal como lo plantea Elmar Altvater, para encontrar las causas concretas de la devastación de los recursos naturales? Incluso el mismo marxismo y sus derivas de pensamiento, ¿no contribuirán a descifrar la ausencia de una política contrahegemónica, como quiso Gramsci, que definitivamente arraigue en este suelo?


Es fundamentalmente en el nexo con la práctica, expresado en términos clásicos, donde las distintas propuestas encuentran que el marxismo no halla cauces nítidos para volver a pulsear en el campo político, desligado del sitial de cultura de masas que supo ostentar. Los textos reseñados comparten la necesidad de dirigirse a una época diferente; un marxismo para Latinoamérica que parece ser no poco productivo ante la necesidad de comprender las líneas de continuidad del neoliberalismo o los recorridos de una izquierda progresista abocada a introducir cambios de una tibieza por lo demás evidente. Con todo, también se juega en nuevas experiencias, en la Bolivia de Evo Morales o en la aún inescrutable Venezuela, donde Hugo Chávez llama a construir el "socialismo del siglo XXI" y a leer La revolución permanente del líder comunista ruso León Trotsky.


Recientemente, al diagnosticar el renovado protagonismo del pensador alemán, Eric Hobsbawm marcaba una dinámica de largo aliento: "El fin del marxismo oficial de la Unión Soviética ha liberado a Marx de su pública identificación con el leninismo teórico y con los regímenes leninistas en la práctica. La gente ha empezado a percibir una vez más que hay cosas en Marx que resultan verdaderamente interesantes. El mundo capitalista globalizado que surgió en la década de 1990 ha resultado en muchas cosas enigmáticamente parecido al mundo que había pronosticado Marx en 1848 en el Manifiesto Comunista".


 

 

EEUU puede, todavía, salvar a Irak

 

Henry Kissinger

Ex secretario de Estado de EEUU

 

Dos realidades definen los límites de un debate significativo sobre la política relativa a Irak: la guerra no puede llegar a su término únicamente por medios militares. Pero tampoco es posible "terminar" la guerra cediendo el campo de batalla, dado que la amenaza jihadista radical no conoce fronteras.


Las decisiones estadounidenses de los próximos meses no podrán poner fin a las crisis de Irak y Oriente Medio sin el cambio previo de las administraciones estadounidenses; es posible que las dejen fuera de control. Aunque el ciclo político invite a un debate orientado a grupos de opinión, es imperativa una política exterior bipartidaria.


¿Estados Unidos debe autoinfligirse nuevamente una herida? Un retiro abrupto de Irak no pondrá fin a la guerra; sólo le dará otra orientación. Dentro de Irak, el conflicto sectario podría asumir proporciones de genocidio; podrían volver a surgir áreas de bases terroristas.


Bajo el efecto de la abdicación estadounidense, el Líbano puede llegar a volcarse hacia la dominación del aliado de Irán, Hezbollah; aumentan las probabilidades de una guerra Siria-Israel o un ataque israelí a plantas nucleares iraníes si Israel intenta quebrar el círculo extremista; Turquía e Irán probablemente aplastarán la autonomía kurda; y los talibanes en Afganistán ganarán nuevo ímpetu. Países en los cuales la amenaza radical todavía es incipiente, como India, enfrentarán un problema interno creciente. Pakistán, que se encuentra en medio de una delicada transformación política, deberá enfrentar más presiones radicales y hasta puede llegar a convertirse él mismo en una amenaza extremista.


A eso se refiere el retiro "precipitado" — una retirada en la que Estados Unidos pierda la capacidad de definir los acontecimientos, tanto dentro de Irak, como en el campo de batalla anti-jihadista o en el mundo en general.


Evidentemente, no debe retenerse en Irak ninguna fuerza que sea prescindible. Pero la definición de "prescindible" debe basarse en criterios políticos y estratégicos. Si reducir los niveles de tropas pasa a ser el indicador de la política estadounidense, cada retirada generará exigencias de otras hasta que la estructura política, militar y psicológica colapse. Una estrategia apropiada para Irak requiere una dirección política. Pero la dimensión política debe ser una aliada de la estrategia militar, no una renuncia a ésta.


Nada en la historia de Oriente Medio indica que la abdicación confiera influencia. Quienes exhortan a seguir ese rumbo necesitan analizar lo que recomiendan si se producen las terribles consecuencias de un retiro abrupto previstas por la mayoría de los expertos y diplomáticos.


Los estadounidenses podrán no estar de acuerdo con la decisión de intervenir o con la política ulterior, pero Estados Unidos está actualmente en Irak en gran medida para cumplir con el compromiso que ha asumido con el orden global y no como un favor al gobierno de Bagdad.


La ruta decisiva para superar la crisis iraquí, es la diplomacia internacional. En la actualidad, Estados Unidos soporta el mayor peso de la seguridad regional a nivel militar, político y económico en tanto que los países que también sufrirán las consecuencias permanecen pasivos.


No obstante, muchos otros países saben que su seguridad interior y, en algunos casos, su supervivencia se verá afectada por el desenlace en Irak y tiene que preocuparles el hecho de que todos pueden enfrentar riesgos impredecibles si la situación se descontrola. Esa pasividad no puede durar. La mejor manera de que los otros países hagan valer sus preocupaciones es participar en la construcción de una sociedad civil. La mejor manera para nosotros de impulsarla es transformar la reconstrucción paso a paso en una iniciativa internacional de cooperación bajo una gestión multilateral.


No será posible alcanzar estos objetivos con un gesto único y dramático. El resultado militar en Irak en definitiva tendrá que reflejarse en algún reconocimiento internacional y alguna aplicación legal internacional de sus disposiciones. La conferencia internacional de vecinos de Irak, incluidos los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, estableció un foro posible para ello.


Continuar con la diplomacia inevitablemente plantea el tema de cómo tratar con Irán. La cooperación es posible y debe estimularse con un Irán que busque la estabilidad y la cooperación.


Pero un Irán que practique la subversión y busque la hegemonía en la región — lo cual parece constituir la tendencia actual — debe ser enfrentado con líneas rojas que no estará autorizado a cruzar. Los países industriales no pueden aceptar que las fuerzas extremistas dominen una región de la que dependen sus economías, y la adquisición de armas nucleares por parte de Irán es incompatible con la seguridad internacional.


Traducción: Cristina Sardoy.

 

 

 

 

 

 
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